Capítulo 7

Y una vez que firmas, ya no eres la misma.
  • 4
  • 0

Selene me muestra secuenciadores de nueva generación, modelos que solo he visto en fotografías de congresos. Y las tres unidades están procesando genomas completos mientras yo los miro sin terminar de creerlo.

Hay microscopios confocales suficientes para que nadie tenga que compartir. Porque claro, cuando cada uno cuesta un millón de dólares, lo sensato es tener varios de respaldo.

Pasamos frente a incubadoras de CO2 con displays digitales mostrando temperatura y concentración de gas en tiempo real. No una o dos. Una pared completa de incubadoras, cada una del tamaño de un refrigerador industrial, cada una capaz de mantener docenas de cultivos celulares simultáneamente.

—En instalaciones convencionales necesitarías tres laboratorios separados para esto —observa Selene—. Aquí está todo integrado. Mayor eficiencia operativa, menor riesgo de contaminación cruzada, cero tiempo perdido moviendo muestras entre edificios.

—Y ninguna junta de comité decidiendo quién tiene prioridad de acceso —añado.

—Eso también.

Entiendo por qué Selene me trajo aquí en lugar de mostrarme planos. Los planos son abstractos. Esto es tangible. Puedo ver lo que podría estar haciendo con estos recursos. Cada pieza de equipo por la que paso me hace la misma pregunta: ¿Qué lograrías si no tuvieras que esperar tres meses para usar un secuenciador?

—¿En qué proyectos están trabajando? —inquiero con curiosidad.

Llegamos a lo que parece ser el área central del nivel, un espacio más abierto donde varios pasillos convergen. Desde aquí puedo ver en múltiples direcciones: laboratorios a la izquierda, oficinas a la derecha, la sala de juntas al fondo.

—Hay varias líneas de investigación. Algunas más… presentables que otras.

—Significa que no vas a responder.

—Qué aguda —dice con tono que roza la ironía.

Dejo de caminar y me apoyo contra una de las paredes de vidrio.

—El retorno de inversión en equipos así requiere producción continua durante años. Un gasto como este no se justifica con investigación académica ni con ensayos clínicos tempranos —las palabras salen más duras de lo que pretendía—. Solo se justifica si estás vendiendo productos terminados a escala —aprieto los labios—. Ya tienes clientes. Compradores regulares —concluyo—. Compradores dispuestos a pagar por lo que ninguna agencia sanitaria aprobaría.

Selene me estudia por un momento que se siente demasiado largo.

—O tal vez —da un paso hacia mí— solo soy una mujer extraordinariamente rica que decidió construir un laboratorio clandestino porque puede. Hay gente que colecciona arte. Yo construyo laboratorios y contrato científicos brillantes para ver qué descubren —otro paso—. ¿Necesito una justificación más compleja que esa?

Para Selene, el espacio personal es un concepto abstracto. Lo compruebo cuando da otro paso hacia mí y algo en mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro. El impulso de retroceder choca con la necesidad de no admitir que me intimida.

—¿Necesitas que yo crea esa justificación?

Una sonrisa cruza su rostro e ignoro de forma deliberada cada alerta que mi instinto está enviando sobre la invasión de mi espacio.

—¿Qué prefieres creer? —baja la voz—. ¿Que soy una villana calculadora con una agenda oscura? ¿O una millonaria excéntrica con demasiado dinero y demasiado tiempo libre? Elige la versión que te deje trabajar para mí sin remordimientos.

Levanto una ceja, tratando de proyectar una confianza que no siento del todo.

—Pareces muy segura de que voy a decir que sí.

—¿Tienes una propuesta mejor? Porque si la tienes, dímela. Me encantaría escucharla.

Sus palabras conectan con la realidad que he estado ignorando. No hay una mejor opción. No hay otra opción. Solo hay esto o regresar a mi vida, donde cada puerta se cierra, donde Ana sigue empeorando, donde mi investigación muere de inanición presupuestaria y la deuda de cinco millones del hospital crece con cada día que pasa.

Bajo la cabeza.

—Trabajaré para ti —cedo, odiando cómo suena mi voz.

Selene apoya la mano sobre el vidrio a la altura de mi hombro. El sonido de su palma contra el cristal es suave pero definitivo. Estoy atrapada.

—Observo patrones —su mano se desliza más cerca de mi cara—. Y tu patrón de comportamiento es fascinante. Once de la noche: Desesperada por ver el laboratorio en México. «Ahora, mañana, lo antes posible», fueron tus palabras exactas. Seis de la mañana: en mi auto, sin resistencia. Siete: en mi avión, sin preguntas —habla como si presentara evidencia en un juicio—. Ahora: en mi laboratorio clandestino —espera, estudia mis reacciones—. La mujer de la cena tenía objeciones morales muy claras. La mujer que me llamó anoche las había abandonado todas. ¿Qué pasó, Catalina?

Intento moverme hacia la izquierda, buscando espacio para respirar, para pensar sin su presencia ocupando cada centímetro de aire disponible. Pero Selene lee el movimiento antes de que lo complete. Su otra mano encuentra el vidrio del otro lado de mi cabeza, bloqueando la salida.

Quiere intimidarme.

Pero lo único que siento es calor. El calor de su cuerpo tan cerca del mío. El calor que sube por mi cuello. El calor que se acumula en lugares que no debería estar notando en este momento.

—No entiendo qué estás buscando —digo—. Cambié de opinión. La gente cambia de opinión. No necesita ser drama existencial.

—Catalina.

La forma en que arrastra mi nombre hace que se sienta como contacto físico. Ca-ta-li-na. Cuatro sílabas que de repente pesan demasiado en el aire entre nosotras.

—Surgió algo que requiere… recursos que no tengo —admito con cuidado—. Por eso llamé. Por eso estoy aquí. ¿Es suficiente respuesta?

—¿Firmaste algo para Claire antes de bajar del avión? Documentos que establecieran que lo que estás viendo ahora no puede repetirse nunca, bajo ninguna circunstancia, a ninguna autoridad sanitaria o judicial.

Abro la boca. La cierro. Mi cerebro repasa el vuelo completo buscando el momento donde Claire dijo «firma aquí» y no lo encuentra porque no existió. 

—No —la respuesta sale antes de que enliste las implicaciones y de inmediato me tenso pensando que acabo de meter a Claire en problemas—. Pero puedo firmar lo que necesitas ahora mismo. No diré nada de lo que vi aquí.

—No firmaste porque yo decidí que podía confiar en ti. Sé que suena ingenuo. Sé que suena como el tipo de error que una mujer en mi posición no debería cometer jamás. Pero la confianza real, Catalina, no es la que se obtiene mediante la firma obligada en un documento legal. Es la que se construye cuando alguien te muestra algo que podría destruirla por completo y apuesta a que tú no lo harás —baja ambos brazos al mismo tiempo—. Contigo, decidí que valía más mostrarte que creo que eres diferente, que tratarte como una amenaza potencial que necesita ser neutralizada mediante cláusulas legales.

Hay mujeres que te hacen sentir pequeña y mujeres que te hacen sentir visible, y Selene ejecuta ambas operaciones al mismo tiempo, como una superposición cuántica de poder que colapsa de manera diferente según el ángulo desde donde la observo.

Cuando dice «decidí confiar en ti», lo que estoy oyendo no es el intercambio equitativo entre dos profesionales que se encuentran en el mismo nivel, sino más bien el descenso deliberado de una diosa que elige rozar con su atención divina a una mortal en particular, y resulta que esa mortal soy yo, y la parte racional de mi cerebro entiende que debería desmantelar esta narrativa antes de que termine de instalarse, pero mi cuerpo ya comenzó a responder a la cercanía física, al calor radiante, a la manera en que su voz desciende medio tono al articular mi nombre completo.

Ca-ta-li-na.

Cuatro sílabas que nunca me habían parecido eróticas hasta que ella las arrastra como si tuviera todo el tiempo del mundo para llegar al final. Y no es que quiera acostarme con Selene. Claire me lo advirtió de forma explícita y yo ya pasé por el episodio predecible de la aventura jefa-empleada con la doctora Salazar. Pero hay algo en el hecho de ser elegida que activa partes de mí que creía muertas desde que mi investigación se convirtió en el chiste académico de turno. Ser especial. Ser la excepción. Ser suficiente sin tener que atravesar los procesos habituales de validación mediante formularios administrativos en tres copias y presentaciones de PowerPoint que nadie atiende. Selene simplemente emite su decisión y de inmediato paso a existir dentro de una categoría superior y eso me toca en lugares que no tienen nada que ver con la atracción física y todo que ver con el hambre de reconocimiento profesional que llevaba tanto tiempo negando que terminé por olvidar que alguna vez me importó.

—Anoche recibí una llamada de emergencia —hablo despacio—. La paciente que tengo ingresada en la Clínica del Ángel está avanzando hacia algo que no sé cómo detener.

—¿Qué paciente? —pregunta Selene con tono neutral.

Me muerdo el labio inferior, consciente de que las siguientes palabras van a sonar como delirio.

—Ana Robles. Dieciocho años según su acta de nacimiento. Ocho, según cualquier médico que la examine ahora —mi voz se mantiene plana, clínica—. El virus que documenté en Chiapas dejó nueve sobrevivientes, seis con regeneración celular. Todos se estabilizaron después de la reversión inicial. Ana fue la única menor de edad. Y en ella el proceso sigue activo.

Selene permanece en silencio por un momento demasiado largo. Luego asiente despacio, como si acabara de confirmar un cálculo mental complejo.

—Ven conmigo.

Camina hacia el ascensor, pero no presiona el botón que usamos para bajar. En su lugar, coloca la palma completa contra un panel lateral que no había notado antes. Un segundo lector biométrico emerge: escaneo de retina. Nos movemos y, antes de que pueda preguntar, las puertas vuelven a abrirse, esta vez hacia una habitación que es mitad centro de comando, mitad refugio personal. 

Los monitores cubren una pared completa, mostrando feeds de seguridad de toda la instalación.

—Todo lo que digas aquí está encriptado end-to-end —camina hacia el escritorio y se sienta—. Ningún sistema de vigilancia lo registra. Ni siquiera mi equipo de seguridad tiene acceso a esta habitación sin mi presencia física —hace un gesto para que me siente frente a ella—. Ahora dime con exactitud qué tan avanzada está la regresión y cuánto tiempo calculaste antes del colapso sistémico.

Me dejo caer en la silla porque quedarme de pie requiere energía que ya no tengo.

—La regresión avanza a ritmo de un año por mes. Eso es lo que documenté durante los primeros ocho meses. Lineal. Predecible. Horrible, pero al menos cuantificable —aprieto mis muslos con fuerza—. En la última radiografía que Ricardo me mostró, presenta la estructura ósea de una niña de ocho años —trago saliva—. No sé qué pasará. No sé si el proceso continuará hasta que de forma literal deje de existir o si su cuerpo colapsará cuando ya no pueda sostener las funciones vitales básicas en un sistema que no es viable desde ninguna perspectiva biológica.


«La confianza real, Catalina, no es la que se obtiene mediante la firma obligada en un documento legal. Es la que se construye cuando alguien te muestra algo que podría destruirla por completo y apuesta a que tú no lo harás».


—No tengo precedentes. No tengo literatura —admito—. No tengo ni siquiera una hipótesis sólida porque cada modelo que construyo se desmorona cuando intento proyectar más allá del punto donde deja de ser reconocible como humano.

Selene cierra los ojos por tres segundos exactos. Cuando los abre, la expresión en su rostro ha cambiado. No es emoción. Es enfoque absoluto, como si hubiera activado un modo operativo diferente.

—Ricardo —repite, y hay algo en cómo pronuncia el nombre que lo convierte en pregunta sin agregar signos de interrogación—. Mencionaste que te mostró la radiografía. ¿Quién es? ¿Médico tratante? ¿Radiólogo?

—Es mi primo, crecimos juntos. Trabaja en la Clínica del Ángel como médico internista. Él firma todo: órdenes de medicación, estudios de laboratorio, las radiografías que documentan la regresión.

—¿Quién más sabe? —se recarga hacia atrás en la silla—. No me refiero a quien sabe que existe una paciente llamada Ana Robles ingresada en esa clínica. Me refiero a quién más sabe la verdad completa. 

—Ricardo, que firma los papeles y maneja el expediente. Tú, que acabas de escucharla. Y yo, que la saqué de Chiapas hace diez meses.

Sus cejas se elevan un milímetro. En su rostro habitualmente controlado, es casi una expresión dramática.

—Ana tiene dieciocho años cronológicos y apariencia de ocho —recapitula Selene—. ¿Qué edad tiene en términos cognitivos? ¿Está consciente?

La pregunta me golpea como puñetazo al estómago. Es lo que evito pensar cada vez que reviso su expediente. Lo que no me atrevo a evaluar de forma oficial.

—Los adultos documentados mantuvieron integridad cognitiva completa. Ana siguió el mismo curso neurológico. Cognición de dieciocho años intacta —la garganta se me cierra—. Estuvo lúcida durante los primeros tres meses, pero la conciencia de su regresión física generó respuesta de estrés agudo severo: convulsiones tónico-clónicas repetidas, arritmias cardíacas, crisis hipertensivas. El Dr. Reyes y yo determinamos que era necesario el coma inducido.

Selene asiente con gesto lento, procesando la información sin cuestionarla.

Y de repente puedo respirar mejor. No esperaba esto. El alivio de hablar con alguien que no necesita que le explique lo básico. Que no me pide que pruebe cada afirmación. Que entiende la progresión del virus porque lleva años rastreando casos similares.

—Explícame cómo has mantenido este fenómeno oculto en un ambiente donde enfermeras, personal administrativo y técnicos tienen acceso a expedientes.

—Está en un cuarto de aislamiento BSL-2. El expediente dice que el virus podría seguir replicándose de forma contagiosa, aunque ya confirmé que no es transmisible. Esa mentira mantiene al personal fuera. Acceso controlado, equipo de protección obligatorio, contacto mínimo.

—Ponte de pie.

Eso no es una pregunta sobre Ana. No es una pregunta sobre el virus.

—¿Qué?

—Necesito verte completa.

No me muevo. Claro que no me muevo. Excepto que mi cuerpo ya está ajustando el peso, preparándose para obedecer.

—¿Por qué?

Su expresión cambia. Se endurece hasta volverse casi intimidante.

—Hazlo.

Tomo aire como si me estuviera preparando para sumergirme y me levanto.

—¿Qué? —vuelvo a preguntar mientras mis manos se mueven sin propósito: primero a la altura de la cadera, luego cruzadas, luego de vuelta abajo.

—Ahora camina hacia mí.

¿Qué diablos…?

Extiende las manos sobre el cuero negro de los apoyabrazos mientras ladea la cabeza, como si yo fuera una pieza de arte que está considerando comprar.

—No entiendo qué quieres ver.

—Mezclilla de calidad inferior, treinta por ciento algodón como mucho. El forro sintético se rasga porque la densidad del tejido es insuficiente —baja la vista a mis pies—. Esas botas son de cuero reconstituido con adhesivo industrial económico, por eso se te están despegando las suelas —entrecierra los ojos—. El reloj es de acero con baño de níquel. Puedo oler la oxidación desde aquí. Veinte dólares, quizá veinticinco —mueve la cabeza en una negativa lenta, evaluando la contradicción completa—. Una habitación de aislamiento BSL-2 con monitoreo continuo representa una inversión de varios millones. Y tú, Catalina, no tienes presupuesto ni para un abrigo decente.

He estudiado patógenos mortales durante años. Ninguno me ha hecho sentir tan expuesta como este catálogo de mi pobreza.

—No lo pago. No puedo pagarlo —las palabras salen automáticas mientras siento cómo se me tensan los hombros—. Vendí todo lo que tenía de valor. Pedí préstamos a tres bancos diferentes usando mi doctorado como garantía. En diez meses he cubierto quinientos mil pesos. La clínica me cobra seiscientos mil mensuales. Debo cinco millones y medio —cada confesión es un poco más humillante—. Si no les pago dos millones esta semana, van a transferir a Ana a un hospital público donde seguro se convertirá en experimento gubernamental —respiro profundo—. Incluso si consiguiera pagar la clínica, no tengo fondos para continuar la investigación del virus. Y sin laboratorio, sin equipo, sin acceso a reactivos, no puedo desarrollar tratamiento.

Sus ojos me recorren de nuevo, pero esta vez es diferente. Ya no está catalogando mi pobreza. Está calculando mi desesperación.

—Los secretos médicos tienen vida útil limitada —explica Selene—. En especial cuando involucran a menores. ¿Dónde está la familia de Ana? ¿Sus padres? ¿Tiene hermanos, tíos, abuelos? ¿Qué les dijiste?

Empiezo a negar con la cabeza antes de que termine de hablar.

—Muertos —la verdad me raspa la garganta antes de salir—. El virus mató a sus padres en la primera semana del brote. Hija única, sin familia extendida. No tuve que mentirle a nadie porque no quedó nadie a quien mentirle.

Selene me observa con esa intensidad que hace que quiera retroceder.

—Una última pregunta —dice finalmente—. Tu carrera se desmorona. Tu paper es rechazado una y otra vez. Pierdes credibilidad, fondos, oportunidades. ¿Por qué no usaste a Ana como evidencia?

—Porque Ana no es evidencia. Es una persona. Tiene nombre, tenía familia… tiene miedo.

Nos miramos y el mundo se achica hasta ser solo este escritorio, estas dos mujeres, este silencio que pesa como objeto físico.

Selene se incorpora. El gesto es elegante, casi ceremonial.

—Déjame explicarte exactamente qué voy a hacer por ti, Catalina, porque quiero que entiendas la magnitud de lo que estoy ofreciendo —abre el cajón central de su escritorio y extrae una carpeta de cuero negro—. Primero, lo inmediato. Los cinco millones y medio de pesos que debes a la Clínica del Ángel desaparecen. Hago una llamada y queda resuelto —abre la carpeta. Dentro hay varias hojas que solo tienen el membrete de Blackwell Global Health en la parte superior—. Segundo, tu situación de investigación. Ese laboratorio obsoleto donde trabajas recibirá una donación de cien millones; tendrás equipo comparable a cualquier institución de investigación de primer nivel en el mundo. Todo lo que necesitas para empezar a trabajar en el virus de forma seria —extiende los documentos hacia mí—. De manera simultánea, inicio la construcción de lo que será el complejo de investigación más avanzado de América Latina —toma una pluma fuente—. BSL-3 completo, manufactura bajo protocolos GMP, instalaciones para ensayos clínicos. Capacidad para llevar un descubrimiento desde la primera hipótesis hasta el tratamiento aprobado sin depender de terceros. Estará listo en veinticuatro meses, tal vez en dieciocho. Todo bajo tu dirección —me ofrece la pluma—. Firma al final de cada una.

Las miro. No hay texto. Solo un espacio vacío donde ella podrá escribir lo que quiera.

—¿Estás pidiéndome que firme papeles en blanco?

—Te estoy invitando a jugar a mi nivel. A dejar de fingir que eres una científica pura con las manos limpias, de esas que solo quieren hacer el bien —camina despacio hasta colocarse detrás de mí—. Quieres poder. Quieres recursos. Quieres probar que todos esos revisores estaban equivocados. Y estás dispuesta a hacer lo necesario para conseguirlo —ahora su voz viene desde un costado—. Estas hojas en blanco son tu admisión. Estás eligiendo resultados sobre el proceso. A Ana viva —volteo y me encuentro directo con sus ojos—. Y cuando las firmes, abandonas el consuelo de la inevitabilidad. Ya no eres quien fue empujada por la desesperación. Eres quien decidió actuar. Serás cómplice. Igual que yo —sonríe apenas—. Y eso, Catalina, es mucho más liberador de lo que imaginas. Bienvenida al lado oscuro —señala las hojas—. Aquí sí hay presupuesto para tu investigación.