Capítulo 3
Qué práctico que la respuesta incómoda sea la correcta
- –
- 3
- 11
Llego a Pujol quince minutos antes porque llegar tarde sería un desastre profesional completo, pero llegar demasiado temprano grita desesperación desde el estacionamiento. Quince minutos me parece el punto medio exacto entre «competente y puntual» y «patética sin vida social».
Estar parada frente a Pujol es diferente a verlo en fotos de Instagram. He pasado por aquí antes, obviamente. Polanco no es Marte. Lo que nunca hice fue detenerme a mirarlo sabiendo que iba a entrar. Ahora que estoy aquí frente a la puerta, hago un cálculo de cuántos meses de mi sueldo costará esta cena y la fachada minimalista empieza a sentirse como un examen de admisión que voy a reprobar.
Llevo mi única blusa de seda, comprada en Zara hace dos temporadas cuando estaba en oferta, combinada con pantalones negros que intentan verse caros, pero que claramente no lo son, y los tacones son los que reservo para presentaciones donde necesito proyectar competencia profesional en lugar de mi estado natural de científica en jeans.
El host me intercepta en la entrada. Es joven y guapo de forma genérica.
—Buenas noches, bienvenida a Pujol —dice con una cordialidad entrenada.
—Tengo reservación. Bueno, vengo con alguien —trasbillo con mis propias palabras—: Selene Blackwell.
Su expresión cambia. Me mira de verdad ahora, y su sonrisa se transforma en algo más genuino, más atento.
—Doctora Reyes, bienvenida. Por aquí, por favor.
Me conduce a través del restaurante. La mesa que me indica está junto a la ventana con vista al jardín interior donde las luces crean sombras entre la vegetación. No está en medio del comedor ni escondida en una esquina. Es el punto medio perfecto entre visible y privado.
—La doctora Blackwell llegará en unos momentos. ¿Puedo ofrecerle algo mientras espera?
—Agua mineral, por favor.
Se va y exhalo. No me había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
Treinta segundos después aparece un mesero con una botella de agua mineral, llena mi copa sin interrumpir el silencio y se retira.
Reviso el celular porque mis manos necesitan ocuparse en algo. Martín pregunta cómo va la «cena misteriosa». No respondo; para hacerlo tendría que verbalizar mi ansiedad y, si lo hago, terminaré vomitando frente a gente rica. Él no tiene muchos detalles sobre mi vida fuera del laboratorio y yo tampoco sé de la suya. Cuando estamos en el trabajo, nuestro mundo se reduce a pipetas, cultivos celulares, protocolos repetitivos y la esperanza perpetua de resultados publicables. Sin embargo, notó que estuve nerviosa toda la semana. Preguntó tres veces qué pasaba hasta que me animé a confesarle que cenaría con alguien que podía conseguirme fondos para la investigación. No mentí. Solo omití que ese alguien es la CEO de Blackwell Global Health.
Miro alrededor y catalogo las variables:
- Trajes caros.
- Joyas discretas.
- Conversaciones sobre transacciones corporativas.
- Destinos que requieren pasaporte europeo.
Yo soy el organismo invasor.
8:03 PM.
8:05 PM.
Suspiro y proceso más datos: edad promedio, distribución demográfica por sexo, indicadores de estatus socioeconómico…
Selene Blackwell.
Todas las variables que estaba catalogando se vuelven irrelevantes porque hay gente que existe diferente, como si ocuparan más centímetros cúbicos de realidad que el resto.
El cabello plateado no es gris de rendición, es plata ganada; cada hebra representa una medalla de guerra que decidió usar en lugar de esconder. Los cincuenta y ocho años están ahí, escritos en líneas finas alrededor de los ojos y en la frente, en la forma en que la piel de su cuello ha perdido elasticidad, pero no firmeza. Son líneas que podrían haberse suavizado con suficiente dinero, y ella tiene suficiente dinero, pero eligió conservarlas como cicatrices de batallas que valen la pena exhibir. Ahora confirmo que la intensidad de sus ojos azules no es un efecto de la cámara y están mirándome; soy el espécimen bajo su microscopio de alta resolución y ella ya tiene conclusiones preliminares sobre si valgo la inversión de su tiempo.
Las conversaciones en las mesas que pasa no se detienen, pero bajan medio tono; es el reconocimiento primitivo de que algo más alto en la cadena alimenticia acaba de entrar en su territorio.
—Catalina Reyes.
Dice mi nombre completo y yo recuerdo, medio segundo tarde, que debería estar parada.
—Dra. Blackwell —me levanto, extendiendo la mano.
—Selene, por favor —acento británico con algo más abajo que no logro ubicar. Europa del Este tal vez, o quizá décadas hablando tres idiomas hasta que ninguno suena completamente correcto.
Toma mi mano y mi cerebro hace un registro rápido: piel suave y muy fría. Apretón firme, pero no agresivo…
Uno, dos, tres segundos.
Nos sentamos.
—Gracias por venir —dice—. Sé que la invitación fue abrupta. No suelo contactar científicos directamente, pero tu trabajo justifica la excepción.
Su voz tiene ese control que viene de dar discursos frecuentes. Cada palabra sale calibrada, sin titubeos ni muletillas.
—Aprecio que se haya tomado el tiempo de leerlo —respondo.
—Tengo un equipo de adquisición de talento cuyo trabajo es identificar innovación real —se recarga hacia atrás en su silla—. Tu paper fue señalado tres veces por tres científicos diferentes. El consenso espontáneo es extraordinariamente raro.
Dos meseros se acercan desde direcciones opuestas y colocan menús frente a nosotras en el mismo segundo.
—Buenas noches, doctora Blackwell —dice el de su lado—. El chef preparó el menú de degustación de nueve tiempos esta noche. ¿Les gustaría escuchar los platillos o prefieren la selección completa?
—Completa para ambas —responde Selene sin abrir el menú.
El mesero asiente.
—¿Alguna restricción alimenticia?
Me mira. Niego con la cabeza.
—Ninguna.
Recogen los menús antes de que yo toque el mío.
—¿Vino a México solo para esto? —pregunto cuando se han ido los meseros.
—Estoy evaluando la viabilidad de establecer presencia significativa en México. Este país permite que la ciencia sea ciencia, no teatro de seguridad regulatoria —explica—. Tu investigación llegó a mi escritorio en el momento oportuno.
Casi me río. Lo dice como si México fuera la tierra prometida de investigación científica y no el lugar donde tengo que justificar cada peso del presupuesto trimestral mientras uso equipamiento que universidades estadounidenses donaron porque ya no cumplía los estándares de calidad.
—¿Qué escala de operaciones? —pregunto—. ¿Laboratorio de investigación o van directo a ensayos clínicos?
Aparece un mesero diferente, llena nuestras copas de agua mineral, deja pan recién horneado y distintos tipos de mantequilla artesanal.
—Bioseguridad nivel tres, manufactura farmacéutica, trials clínicos integrados —me mira directo—. Pipeline donde mantenemos control desde la hipótesis hasta el tratamiento. Cuando descubrimos algo valioso, lo desarrollamos nosotros, lo probamos nosotros, lo producimos nosotros.
Mi cerebro hace el cálculo automático: no existe nada así aquí. Las universidades tienen investigación básica. Las farmacéuticas multinacionales tienen manufactura, no desarrollo.
Si Blackwell construye lo que está describiendo, sería el laboratorio más avanzado del país. Posiblemente de Latinoamérica.
Y ella está sentada frente a mí explicándolo como si fuera la renovación de su cocina.
No termino de procesar la magnitud de lo que acaba de decir cuando aparece un hombre de unos cincuenta años.
—Doctora Blackwell, buenas noches —la saluda haciendo una inclinación leve.
—Marco —Selene asiente hacia mí—. La doctora Reyes. Estamos discutiendo negocios, así que mantenlo ligero esta noche.
—Doctora Reyes, un placer —dice Marco, con asentimiento profesional—. Empezamos con espumoso mexicano, transición a blancos minerales; cerraremos con tinto joven si la conversación lo permite. ¿Le parece bien?
Mi conocimiento de vinos se limita a «tinto o blanco» y «el más barato que tengan».
—Suena perfecto —es todo lo que tengo para decir.
—Excelente —sonríe Marco—. Regreso enseguida con la primera botella.
—No necesitas saber de vinos para esta cena. Solo necesitas saber hacia dónde quieres llevar tu investigación —hace pausa mínima—. Y confío en que tienes una visión clara al respecto.
—Perdón, necesito asegurarme de que entendí —la miro sin poder ocultar el escepticismo—. ¿Va a construir laboratorio con capacidad BSL-3 y manufactura GMP en México?
—Si encuentro razón suficiente, sí —dice—. Tu investigación podría ser exactamente esa razón. Por eso estás aquí.
El restaurante desaparece por un momento. Las luces, las conversaciones, Marco regresando con una botella de vino. Todo se convierte en ruido blanco. Mi cerebro intenta procesar lo que acaba de decir y falla.
—Ahora —dice Selene, y su voz me trae de regreso—, explícame por qué crees que diecisiete revisores decidieron que tu investigación no merecía publicarse.
Parpadeo. El restaurante vuelve a enfocarse y ya tengo una copa de espumoso frente a mí.
—Perdón —murmuro—. No todos los días alguien me dice que mi investigación podría cambiar el panorama científico de un país. Me desconecté un segundo.
—Una reacción honesta siempre me resulta más valiosa que la compostura fingida —toma su copa—. Me dice que entiendes la magnitud de lo que acabo de ofrecerte.
Miro las burbujas de mi vino subiendo y explotando en la superficie.
—Metodología insuficiente —aprieto los labios—. Eso dijeron los primeros revisores. Muestra pequeña, controles inadecuados. Tienen razón… técnicamente.
Bebo un sorbo. El espumoso es mejor que cualquier cosa que haya probado antes.
—Pero los rechazos posteriores fueron más honestos. Las implicaciones los asustaron. Regeneración celular acelerada postviral contradice demasiado de lo que creemos saber. Nadie quería arriesgar su reputación siendo el primero en publicarlo.
Un mesero aparece con dos platos pequeños y los coloca frente a cada una.
—Primer tiempo —dice con voz baja—. Aguachile de camarón con chile serrano, pepino encurtido y aire de cilantro.
Se retira antes de que pueda responder o agradecer. El plato frente a mí es una obra de arte en miniatura: tres camarones dispuestos en diagonal, pepinos cortados en láminas translúcidas, salsa verde distribuida en puntos precisos, todo sobre una capa de aire de cilantro tan etérea que parece evaporarse ante mis ojos.
—Lo leí tres veces. Tu prosa científica es directa de forma refrescante —su voz tiene peso y hace que todo lo demás se vuelva ruido de fondo.
Mis dedos aprietan el tenedor demasiado fuerte.
—Gracias —logro decir.
Selene estudia su plato, como evaluando la composición, antes de tomar su tenedor y probar el aguachile con un gesto que parece más análisis que hambre.
—Tu ciencia no es deficiente, ni tu metodología inadecuada. Te rechazaron porque lo que descubriste es fundamentalmente aterrador para gente que construyó carreras enteras sobre paradigmas que tu investigación contradice.
Como, bebo, dejo que el silencio se extienda un momento antes de hablar.
—¿Y tú? ¿En qué punto dejaste de pensar que estabas leyendo fantasía mal disfrazada de ciencia?
—Primera lectura: datos interesantes, metodología débil, conclusiones absurdas —responde sin titubear—. Segunda: metodología débil por falta de recursos, no por incompetencia, y conclusiones que, aunque absurdas, son internamente consistentes —me mira directo—. Tercera: Si hay un uno por ciento de probabilidad de que esto sea real, el costo de ignorarlo es astronómico comparado con el costo de investigarlo de forma apropiada.
Un mesero se acerca, recoge mi plato vacío. Otro hace lo mismo con el de Selene. Todo sucede en un silencio coordinado y no pasan ni diez segundos cuando otro mesero llega con el segundo tiempo.
—Tostada de atún con aguacate, chile morita y huevas de trucha.
No puedo recordar la última vez que comí algo así de bueno, tal vez nunca. El pensamiento me distrae dos segundos exactos antes de que mi cerebro regrese a lo que Selene acaba de decir.
—Un uno por ciento —repito—. Esas son probabilidades terribles para justificar cientos de millones de dólares.
Toma su copa y bebe antes de responder.
—Solo si asumes que estoy apostando por tu éxito —responde—. No lo estoy. Estoy apostando por una respuesta definitiva. Si construyo un laboratorio apropiado y resulta que estás equivocada, eso vale tanto como descubrir que tienes razón. Ambos resultados eliminan la incertidumbre que hasta ahora paraliza toda una línea de investigación.
No sé si admirar su honestidad o sentirme insultada por ella.
—Esa es una forma muy cara de satisfacer curiosidad científica —observo.
—Se llama ambición, Catalina —su voz tiene peso y hace que me incline sin darme cuenta—. Curiosidad es preguntarte si algo es posible. Ambición es construir la infraestructura completa para asegurarte de que, si es posible, tú serás quien lo controle.
Esto es lo que hace que Selene Blackwell sea Selene Blackwell. La mujer de las revistas. La CEO que compró tres compañías farmacéuticas en dos años y las reestructuró hasta que suplicaron misericordia. Letal, implacable, brillante de formas que deberían darme miedo, y en cambio solo quiero seguir escuchándola.
—Necesito que me lleves a ese momento específico —dice, y su voz baja medio tono—. El instante en que miraste a la señora Méndez y comprendiste que estabas viendo algo que no debería existir según todo lo que sabemos sobre regeneración celular.
Le cuento sobre Chiapas sin filtrar nada. La villa, el brote, la señora Méndez agonizando y después no agonizando y después convirtiéndose en algo imposible.
Selene se inclina hacia delante. Sus ojos no dejan los míos. No se distrae. Escucha como si cada palabra fuera lo más fascinante que ha oído.
Los meseros traen el tercer tiempo. Luego el cuarto. No dejo de hablar. Le cuento sobre el calor en Chiapas, sobre trabajar en condiciones que habrían horrorizado a cualquier comité de ética. Sobre los sobrevivientes y la forma en que sus cuerpos desafiaban cada predicción que intentaba hacer.
Selene hace preguntas entre bocados. Preguntas específicas sobre el timeline de regeneración, sobre variaciones entre pacientes, sobre si noté patrones en quién desarrollaba qué tipo de capacidades. Preguntas que me hacen darme cuenta de que ha pensado en esto más profundo de lo que yo imaginaba.
Quinto tiempo. Sexto. El vino evoluciona de espumoso a blanco a tinto ligero. Marco aparece ocasionalmente para llenar copas, desaparece antes de interrumpir. La comida es extraordinaria y apenas la noto porque estoy en Chiapas otra vez, reviviendo cada decisión que tomé sobre qué documentar, qué priorizar, qué muestras procesar primero.
Hablo sobre las limitaciones del equipo, sobre tomar decisiones en tiempo real respecto a qué muestras priorizar cuando solo tienes recursos para procesar la mitad. Sobre volver a la Ciudad de México con datos que sabía que nadie me creería.
Los meseros retiran los últimos platos. La mesa queda limpia, excepto por las copas de vino y el silencio que se instala entre nosotras.
—Te ofrezco la oportunidad de confirmar o destruir tu hipótesis —dice directa—. Laboratorio equipado. Investigadores capacitados bajo tu supervisión. Recursos que eliminen toda excusa sobre metodología inadecuada.
El alcohol ya dejó de ser sutil hace rato. Los bordes del mundo están más suaves de lo que deberían y mi cabeza se siente ligera. Pero aún tengo suficiente claridad para la pregunta correcta.
—¿Y a cambio?
—Pasas a ser empleada de Blackwell Global Health —no deja espacio para malentendidos—. Tu investigación, tu tiempo, tus descubrimientos. Todo se desarrolla dentro de Blackwell: nuestras instalaciones, nuestros protocolos, nuestra supervisión absoluta. Los derechos de propiedad intelectual de cualquier hallazgo nos pertenecen sin excepción.
No estoy tan borracha para no entender lo que acaba de decir.
—¿Y si encuentro algo que usted no quiere que el mundo sepa? —pregunto—. ¿Algo que no le conviene revelar?
—Firmarás acuerdos de confidencialidad más exhaustivos que cualquier cosa que hayas visto en tu vida —ni parpadea—. Y seré directa contigo, Catalina. Blackwell no funciona como las universidades. Cortamos toda la burocracia que una academia usa para evitar la responsabilidad moral de sus decisiones. No convocamos comités de ética que tardan medio año en aprobar un protocolo que cualquier científico competente evaluaría en dos horas. Nos movemos rápido. Tomamos decisiones que las instituciones consideran arriesgadas porque tienen miedo a las consecuencias legales, no porque tengan objeciones científicas legítimas —bebe vino—. Trabajarás en zonas grises éticas. Si eso te incomoda, mejor saberlo ahora.
No debería seguir bebiendo. Definitivo, no debería. Pero tomo mi copa y la vacío en dos tragos largos antes de permitirme razonar.
- Variable conocida: Blackwell Global Health invertirá cientos de millones en mi investigación.
- Variable conocida: Exigen confidencialidad total sobre los procesos de trabajo.
- Variable conocida: Requieren zonas grises éticas sin supervisión externa.
- Variable desconocida: ¿Por qué?
- Hipótesis simple: Está apostando en mi ciencia.
- Problema: No explica la confidencialidad sobre procesos. No explica eliminar supervisión. No explica las zonas grises como requisito.
- Hipótesis compleja: Ya hizo esta investigación ella misma.
Eso explicaría por qué está tan segura de invertir tanto. Por qué necesita que yo trabaje en secreto absoluto. Por qué las zonas grises son necesarias en lugar de opcionales.
—No estoy descubriendo nada. Estoy validando algo que ya existe, pero que Blackwell no puede admitir que tiene.
Selene sonríe. No es una sonrisa que intenta tranquilizar ni engañar. Es una sonrisa de reconocimiento. De respeto incluso.
—Hemos estado monitoreando reportes de fenómenos regenerativos anómalos durante más de una década. Brotes virales seguidos de recuperaciones que desafían cualquier explicación médica estándar —gira la copa entre sus dedos—. No son idénticos; cada caso tiene sus particularidades: diferentes agentes virales, diferentes poblaciones afectadas, diferentes manifestaciones de regeneración. Pero todos comparten la misma firma biológica fundamental que sugiere un mecanismo común aún no comprendido —bebe y me observa por encima del borde—. Tu virus no es especial, Catalina. Tu paper sí lo es. Eres la primera en documentarlo con suficiente rigor metodológico para que no pueda descartarse como anécdota médica o contaminación de muestras —sus ojos azules no me dejan ni por un segundo—. Por eso vales esta inversión.
Una década de casos similares. Diferentes virus, diferentes países, mismo resultado imposible.
¿Cuántos científicos antes que yo los encontraron? ¿Cuántos reportaron observaciones preliminares que Blackwell rastreó y archivó? ¿Cuántos decidieron que sus carreras valían más que la verdad?
Y de todos esos científicos a lo largo de una década, yo fui la primera en documentarlo «con suficiente rigor metodológico». La primera, lo bastante ingenua para pensar que con una metodología sólida superaría el hecho de que estaba reportando lo imposible. La primera, lo bastante obstinada para enviar el paper diecisiete veces.
O tal vez solo la primera, lo bastante desesperada.
Necesito un trago. Alcanzo la botella de vino y su mano llega al mismo tiempo, interceptando la mía.
El contacto es… específico. Puedo sentir cada uno de sus dedos, el ligero desplazamiento cuando alguna de nosotras respira, la temperatura de su piel, que es más baja que la mía, pero que de alguna forma está quemando el punto exacto donde nos tocamos.
—Necesito que estés clara para el resto de esta conversación.
Cuando retira la mano, lo hace despacio. Mis dedos quedan suspendidos en el aire por un momento antes de que los baje a mi regazo, donde todavía puedo sentir el eco de su tacto.
—¿Es real? —aprieto los labios, necesito confirmación.
—Tu descubrimiento es real. Yo lo sé —su voz se vuelve algo íntimo, casi conspirador—. La pregunta es: ¿qué vas a hacer al respecto?
Debería sentir algo parecido a la victoria.
En cambio, solo siento el peso de lo que Selene está ofreciendo asentarse sobre mis hombros como un manto. Recursos ilimitados. Zonas grises éticas. Confidencialidad absoluta.
Mi alma a cambio de probar que tengo razón.
—Déjame ver si entendí. Laboratorio en México, regulaciones mínimas, construcción acelerada. Yo investigo, ustedes desarrollan, y cuando tengamos algo, lo prueban en la población local. Porque aquí la supervisión es laxa y la gente es descartable —mi voz sale más fría de lo que pretendía—. No hay suficiente alcohol en esta mesa para que no reconozca el colonialismo científico.
Selene se queda inmóvil por un momento. Sus ojos permanecen fijos en mí, pero algo en su postura ha cambiado. No es tensión defensiva. Es interés agudizado.
—Ahí está —dice con voz suave pero clara—. La razón por la que vales más que los otros seis científicos que consideré antes que tú —bebe—. No solo tienes la ciencia. Tienes la claridad para ver en qué te estás metiendo. Y dices la verdad en voz alta en lugar de fingir que no la ves.
—No.
Selene arquea una ceja.
—¿No?
—No.
No quiero pensar en el Civic estacionado afuera que tal vez no arranque para llevarme a casa. En la renta que vence mañana y que no voy a poder cubrir. En la conversación con la Dra. Salazar.
No quiero pensar en mi carrera científica reduciéndose a asistente de investigación en proyectos de otros porque no puedo financiar el mío. En años de educación evaporándose en irrelevancia.
Toma su copa y la observa contra la luz del restaurante.
—Aquí está la diferencia fundamental entre nosotras. Tú ves la ética como algo fijo. Líneas que no se cruzan, punto. Yo la veo como negociación —dice, mirándome—. ¿Cuánto mal puedo aceptar hacer si a cambio logro un bien mayor? Cada línea tiene un costo. La pregunta es si el resultado justifica pagarlo.
—No puedo usar población vulnerable como sujetos de prueba.
—Puedes, si reconoces que la medicina siempre avanza en zonas grises. Cada tratamiento que ahora es estándar fue una vez experimental, riesgoso, probado en alguien vulnerable. La diferencia es que yo soy honesta sobre eso. No finjo que hay una forma limpia de revolucionar la medicina. No la hay —se echa hacia atrás—. Hay una forma rápida y una forma lenta. La lenta protege las sensibilidades de los comités de ética mientras la gente sigue muriendo de enfermedades que podríamos curar. La rápida ensucia las manos, pero obtiene resultados reales.
Tiene razón. Eso es lo peor. Tiene razón y yo lo sé.
—Entonces tu argumento es que, como la medicina siempre ha sido predatoria, no hay razón para intentar que sea diferente ahora —digo—. Que debemos aceptar las atrocidades como costo inevitable del progreso.
—Mi argumento es que ya aceptaste las atrocidades, Catalina. Las aceptas cada vez que usas antibióticos desarrollados en pruebas sin consentimiento. Cada vez que aplicas técnica quirúrgica perfeccionada en cuerpos de esclavos. Cada vez que confías en conocimiento construido sobre sufrimiento que prefieres no examinar —extiende su mano sobre la mesa, no para tocarme, sino para ocupar el espacio entre nosotras—. Ya estás parada sobre una montaña de cadáveres, pero finges que no existe porque la construyeron antes de que nacieras. Yo no te pido que aceptes las atrocidades. Te pido que elijas cuáles cometes. Porque vas a cometer algunas, sin importar qué decidas. La única pregunta es si cometes la atrocidad de actuar o la atrocidad de no actuar —sus ojos azules no me dejan ni por un segundo—. No necesito tu respuesta esta noche. Pero piénsalo seriamente. Pregúntate: ¿quieres pasar los próximos años rogando por fondos y siendo ignorada? ¿O quieres hacer historia?
Quiero decirle que está equivocada. Que hay una diferencia entre beneficiarse de atrocidades pasadas y cometer atrocidades nuevas. Que no soy responsable de lo que hicieron otros científicos hace décadas.
¿Pero es eso verdad? ¿O es solo una forma conveniente de evadir mi responsabilidad?
Cada vez que uso penicilina, valido las pruebas sin consentimiento que la desarrollaron. Cada vez que confío en conocimiento médico estándar, acepto implícitamente los métodos cuestionables que lo produjeron. No puedo separarme del legado solo porque es incómodo.
En un momento, la mesa está vacía excepto por nuestras copas; al siguiente, hay un rectángulo de papel deslizándose hacia mí bajo los dedos de Selene.
—Mi número directo —dice mientras me la entrega—. Llama cuando estés lista. O no llames. Pero no esperes demasiado, Catalina. Yo no construí lo que tengo esperando por gente que no puede decidir. Y no voy a empezar ahora.
La cena más cara de mi vida. La oferta más tentadora de mi carrera.
Y la decisión más peligrosa que probablemente voy a tomar.
El pacto con el diablo presentado en nueve tiempos con maridaje de vinos.