Capítulo 5

Esto definitivamente no se va a complicar
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Estoy segura de que el Mercedes Clase S gris grafito con ventanas polarizadas que acaba de estacionarse frente a mi edificio no tiene tuberculosis.

El contraste con el Vocho sin llantas abandonado dos puertas más adelante es casi cómico.

Selene sale del asiento del conductor en el momento exacto en que piso la banqueta, como si hubiera estado cronometrando mi descenso. Lleva jeans oscuros que le quedan de una forma que mi cerebro científico reconoce como anatómicamente perfecta, suéter de cashmere gris que se ve suave incluso desde aquí, y lentes de sol a pesar de que el amanecer apenas está tiñendo el cielo de naranja. No dice buenos días. No sonríe. Solo rodea el Mercedes con pasos medidos, abre la puerta del pasajero y se queda ahí, esperando.

Yo camino hacia ella porque las opciones son: quebrar, ver morir a Ana, o ambas. No hay otra variable en esta ecuación. Tres pasos, cinco, diez. La distancia entre mi edificio y ese auto es física y metafóricamente desproporcionada, y para cuando llego a la puerta abierta, ya estoy haciendo los cálculos mentales de cuánto de mi alma estoy a punto de vender y si hay algún escenario donde me quede con suficiente para seguir reconociéndome en el espejo.

—Buenos días, Catalina —su sonrisa es corta, casi imperceptible—. Hay algo admirable en la puntualidad cuando se trata de decisiones difíciles. Sugiere claridad mental, o al menos resignación funcional.

—Buenos días —es todo lo que digo.

Me subo al auto y registro los detalles en automático, como documentaría una muestra en el laboratorio: cuero italiano color crema con costuras grises, madera de nogal en el tablero, tres pantallas táctiles integradas.

Asientos con controles eléctricos para todo: altura, ángulo, soporte lumbar, control de calor.

Temperatura interior: 22 °C exactos.

Humedad: controlada.

Olor: cuero nuevo, limpiador especializado, el perfume de Selene con notas de bergamota.

Iluminación: LEDs blancos que parecen sacados de un quirófano.

Nivel de limpieza: quirúrgico.

Contraste con mi Civic: absoluto.

Selene cierra mi puerta y rodea el auto.

—Hay agua en el portavasos —dice, señalando las botellas con un gesto—. Y café en el termo, si lo prefieres. Son cuarenta y cinco minutos hasta el aeropuerto.

—¿Aeropuerto? —repito, como si la palabra necesitara traducción—. No dijiste nada de un avión.

Se quita los lentes de sol.

—No preguntaste.

Toca algo en el tablero y el motor se enciende. No hay ruido de arranque, no hay vibración violenta como en mi Civic. Solo un ronroneo constante que apenas registro.

—¿A dónde vamos?

—Tengo una isla en el Caribe donde hago investigación de verdad —dice, como si eso fuera cosa normal—. Ahí es donde vamos.

—Debería estar compartiendo mi ubicación en tiempo real con alguien…

—Probablemente.

El tráfico es ligero a esta hora. Selene conduce rápido sin ser imprudente.

—No tiene sentido matarme, ¿verdad? —murmuro—. Análisis: bajo riesgo, sí. Nadie me buscaría con recursos reales. Pero también bajo retorno. De todas las mujeres con las que sales, soy la menos impresionante como objetivo. Las asesinas millonarias probablemente prefieren víctimas que valgan el esfuerzo. No justifico ni el combustible.

Noto el cambio en su respiración antes que nada. Una exhalación breve por la nariz, casi como risa contenida. Sus manos permanecen quietas en el volante, pero los músculos de su mandíbula se relajan.

—Planteas una falsa dicotomía —suena como si lo tomara en serio—. Asumes que debo elegir entre eficiencia aburrida o vanidad peligrosa. Pero el valor real de una víctima no está en su perfil público ni en su ausencia de él. Está en qué tan interesante es el proceso.

Exhalo despacio y mis hombros se hunden contra el asiento.

—Entendido. No ser aburrida.

Sonríe de verdad esta vez, gesto que transforma su cara completa, y aprovecha un semáforo en rojo para mirarme.

—¿Quieres que te mate, Catalina?

Me mira como yo miro muestras bajo el microscopio: atención completa, interés genuino, cero juicio. Y lo más inquietante es que no me molesta ser observada así. Debería. Pero no.

—No, gracias —miro por la ventanilla.

El tráfico va espesándose con cada kilómetro: más camiones de reparto, autobuses llenos, ciclistas navegando entre los autos. La ciudad despierta alrededor de nosotras.

—Prueba el café —ordena Selene—. Está en el termo frente a ti.

Observo el termo negro con el ceño fruncido.

—Gracias, pero…

—Bebe —me corta—. No voy a discutir esto.

—¿Alguna vez aceptas un «no, gracias»? —tampoco es necesario que responda porque ya estoy abriendo el termo.

El olor a café recién hecho inunda el espacio cerrado del auto casi de inmediato. Doy el primer sorbo. Es… Dios. Es el café de Dios. Es el café de los unicornios.

Un sonido involuntario brota de mi garganta, mitad suspiro, mitad gemido, y tomo otro sorbo. Me quema la lengua, pero no puedo detenerme.

—Bourbon de la cooperativa Buf en Ruanda —explica—. Lo lavan en lugar de secarlo natural, por eso es tan limpio. Dulce, pero no pesado.

Claro que no es solo «café caro». Es un bourbon ruandés que ha pasado por un proceso específico. ¿Todo en su vida tiene ese nivel de detalle?

—Nunca me preguntes qué café bebo yo —sostengo el termo con ambas manos, absorbiendo el calor.

—La diferencia entre lo que tenemos y lo que queremos es solo cuestión de decisiones —toca algo en la pantalla del tablero, ajustando la ruta—. Estás a punto de tomar una que va a cambiar qué café tomas por el resto de tu vida.

La promesa se asienta en mi estómago junto con el café.

Dejamos de hablar. Solo existe el termo en mis manos, la vibración suave del auto, el paisaje cambiando afuera.

Reconozco las señales del aeropuerto cuando empiezan a aparecer en la carretera. Pero Selene no reduce la velocidad cuando llegamos a la salida principal. Pasa de largo, y unos kilómetros más adelante gira en una desviación lateral que no tiene ningún letrero.

Enfrente van dos camionetas negras; me doy cuenta de que han estado ahí desde que salimos de mi edificio, siempre a la misma distancia del Mercedes, siempre en la misma formación. Las había notado vagamente, pero mi cerebro las clasificó como tráfico normal y las ignoró hasta ahora. Miro hacia atrás por el espejo lateral y ahí están otras dos.

Por supuesto…

El pavimento cambia a una superficie lisa y negra, flanqueada por césped y árboles espaciados en intervalos exactos. Sin el caos del tráfico urbano ocultándolas, las camionetas dejan de ser sutiles. Cuatro Suburbans avanzan rápido alrededor del Mercedes en formación militar.

—Nada garantiza protección absoluta —dice Selene sin mirarme—. Solo puedes modificar la ecuación riesgo-beneficio hasta que atacarte deje de tener sentido matemático para la mayoría.

—¿Nada te asusta lo suficiente para dejar de analizarlo?

—¿No es lo que hiciste al subir a este auto? —su tono es tranquilo, casi amable—. Calculaste las probabilidades de tu propio asesinato como problema de optimización. La diferencia entre tú y yo es que yo tengo más práctica haciéndolo.

—Touché —respondo, observando cómo nos acercamos a lo que parece un hangar—. ¿Alguna vez te acostumbras? ¿A moverte siempre con un convoy?

—No hay nada a lo que acostumbrarme —reduce la velocidad—. Blackwell Global Health lleva tres generaciones en mi familia. Siempre hubo hombres armados entre el resto del mundo y yo.

Antes de que Selene apague el motor, un guardia de traje oscuro ya está junto a su puerta y la abre justo cuando ella suelta el cinturón de seguridad.

—Doctora Blackwell —inclina la cabeza.

Selene sale del auto como conduce: en control total, sin dudar de que cada parte del mundo se acomodará a su tiempo.

Yo salgo por mi cuenta y consigo no caerme de cara, lo cual es impresionante considerando que tengo las manos temblando y el estómago convertido en un nudo.

—Código verde en todos los puntos. Sistema anti-drones activo —reporta el hombre en inglés.

—¿Coordinación con el equipo de tierra en destino? —pregunta Selene sin detenerse.

—Confirmada. Esperan tu señal.

Caminamos hacia el jet y mi cerebro tarda tres segundos completos en procesar lo que estoy viendo.

El fuselaje blanco refleja las luces del hangar con líneas que fluyen desde la nariz hasta los dos motores montados en la cola. Las ventanas ovaladas están espaciadas sin el hacinamiento de la clase turista. Es más pequeño que un 737, pero diseñado con prioridades completamente distintas.

—¿Claire está en el avión? —pregunta Selene.

—Sí. Abordó hace treinta minutos.

La escalerilla ya está desplegada con una alfombra roja cubriendo los escalones, literal, alfombra roja de verdad, y dos hombres con trajes idénticos flanquean la entrada.

Camino dos pasos detrás de Selene mientras su jefe de seguridad la acompaña por el lado izquierdo y observo cómo los hombres que bajaron de las Suburbans se han dispersado alrededor del hangar.

—Protocolo Charlie hasta crucero —dice Selene subiendo por la escalerilla—. Después pueden relajarse.

—Entendido —responde su guardia deteniéndose en la base.

Subo detrás de Selene, sintiendo cómo la alfombra roja amortigua cada paso.

Nunca he volado en un jet privado. Nunca he conocido a nadie que haya volado en un jet privado. La última vez que me subí a un avión fue hace cuatro años: vuelo de CDMX a Guadalajara para un congreso, asiento 32B entre un bebé llorando y un hombre que se quedó dormido en mi hombro.

Esto no es eso.

Una azafata nos recibe con una sonrisa profesional y eficiente.

—Buenos días, doctora Blackwell.

Selene entra sin responder. Cuando yo paso, la azafata añade:

—Doctora Reyes.

—Buenos días —logro decir mientras miro el interior.

No hay filas apretadas. No hay compartimentos superiores abarrotados. No hay olor a comida recalentada ni asientos gastados. Solo madera pulida en las paredes, cuero color crema en los asientos, alfombra con textura suave bajo mis pies.

A la izquierda, una mesa de trabajo con dos sillas enfrentadas. A la derecha, un sofá verde oliva tapizado en cuero que se ve firme pero cómodo.

—¿Le gustaría algo de beber, doctora Reyes?

—Agua está bien. Gracias.

Selene va directo a la mesa donde una mujer de unos treinta y cinco años la espera. Tiene que ser Claire: la que me llamó, la primera por la que preguntó a su jefe de seguridad. En cuanto habla, entiendo por qué.

—Buenos días, Selene. Tres asuntos urgentes —extiende un iPad hacia su jefa—. Primero: la startup de inteligencia artificial en Boston rechazó nuestra oferta inicial. El equipo legal ya preparó una contraoferta más agresiva; necesito tu aprobación antes de que despeguemos —usa un tono grave—. Segundo: los datos del ensayo cardíaco en Suiza llegaron esta mañana, los resultados son positivos y superaron las expectativas del protocolo —mira su laptop de reojo—. Tercero: Michael Hartley me solicitó una entrevista. La necesitamos; el Congreso vota la reforma de regulación farmacéutica en dos meses.

Selene toma el iPad y lo revisa.

—¿Cuánto subimos la oferta de Boston?

—Treinta millones. El equipo legal argumenta que es lo mínimo competitivo, considerando que Google está evaluando la misma compañía.

Selene toma asiento y cruza las piernas con un movimiento que parece automático después de décadas de reuniones corporativas y entonces me mira.

El calor me sube a las mejillas porque me doy cuenta de que no sé qué hacer conmigo misma. Debí haberme movido hace treinta segundos, pero no recibí ninguna instrucción y ahora estoy aquí parada como una estatua incómoda mientras ella y Claire tienen cosas que discutir.

Algo cruza su rostro; no es irritación, pero tampoco paciencia, más bien la expresión de alguien que está calculando cuánto tiempo va a perder en resolver algo.

—Siéntate.

Sus ojos se mueven hacia el sofá verde del otro lado del avión y luego vuelven a Claire antes de que yo pueda siquiera asentir.

—Rechazada. Dile al equipo legal que mantenga los términos originales y que busquen alternativas en Silicon Valley. Boston tenía hasta hoy para aceptar. Apruebo el resto.

Camino hacia el sofá tratando de no parecer tan fuera de lugar como me siento. El cuero tiene una suavidad que revela la diferencia entre lo que yo considero «cómodo» y lo que significa comodidad real.

—Tu cena del jueves en Cosme está confirmada —le avisa Claire—. La junta con el consejo se movió al martes a las diez. Y tu hermana pregunta si puedes almorzar con ella la próxima semana.

—Confirma la cena. La junta está bien.

—Tu hermana.

—No —responde cortante.

La azafata se acerca con una bandeja plateada. Sirve el agua en un vaso de cristal y lo coloca frente a mí.

—¿Algo más, doctora?

—No, gracias.

Se va justo cuando el intercomunicador hace clic.

—Buenos días. Iniciamos despegue en aproximadamente dos minutos. Tiempo estimado de vuelo: tres horas cuarenta minutos. Ruta despejada.

Volteo hacia la ventanilla y veo cómo el sol trepa por el horizonte, manchando el cielo de naranja y rosa. El pavimento de la pista absorbe esos primeros rayos de luz sin reflejar nada. No hay otros aviones, ni tráfico, no hay espera. Solo avanzamos.

Miro hacia el otro lado. Selene respira hondo, un suspiro que parece llevar el peso de toda la mañana, echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Por primera vez desde que la conocí, parece… accesible. Vulnerable. Me quedo hipnotizada, anotando cada detalle, incapaz de apartar los ojos incluso cuando soy consciente de que llevo demasiado tiempo observándola.

—Fascinante, ¿no? —la voz de Claire interrumpe mi contemplación—. La mujer más fría que conocerás en tu vida tiene un punto débil: el despegue. No volar. Solo despegar. En cuanto estamos en crucero, está perfecta. Pero estos dos minutos… —gesticula vagamente—. No le gusta que lo noten. Pero es imposible no notarlo.

—Preparación para el cambio de altitud —habla Selene sin abrir los ojos—. El sistema vestibular necesita ajustarse.

—Claro que sí —Claire regresa su atención a la laptop—. Sistema vestibular. La misma excusa desde dos mil dieciséis. Recuerdo cuando era «calibración sensorial». Antes de eso, «ajuste de presión arterial». Vas a quedarte sin términos médicos eventualmente.

Selene abre los ojos y, si las miradas mataran, Claire estaría organizando su propio funeral.

—Voy a necesitar que dejes de hablar.

Siento la velocidad aumentar, el empuje contra mi espalda y luego ese segundo extraño donde todo se vuelve ligero antes de que las ruedas dejen el suelo.

Cuando el avión se nivela un poco, Selene vuelve a respirar normal, como si nada hubiera pasado.

—Ah, por cierto —Claire sigue tecleando—. Preparé entretenimiento para el vuelo.

Selene se levanta sin decir nada. Camina hacia el fondo del avión, donde hay una puerta que apenas se distingue del resto de los paneles. Desaparece detrás de ella y me quedo mirando el espacio vacío donde estaba, sin entender qué acaba de pasar.

—¿Entretenimiento? —pregunto en voz baja.

—Una mujer —explica—. Selene sin nada que hacer en un avión es Selene planeando reestructuraciones corporativas. Un maldito dolor en el culo.

—Entiendo —miento.

—Hay algo que me gusta de la forma en que Selene maneja eso. Reconoce que tiene necesidades básicas. No las intelectualiza. Solo las satisface. —chasquea la lengua—. La mayoría de nosotras perdemos años tratando de racionalizar lo que el cuerpo ya sabe.

—Suena bien en teoría —digo, sin comprometer mucho—. En la práctica… no sé.

—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo sin analizarlo primero? —pregunta Claire—. Sin pros y contras, sin proyecciones a futuro. Solo porque tu cuerpo lo pidió.

El recuerdo llega sin permiso: la oficina de la Dra. Salazar, su escritorio, sus manos.

—Dios —escondo la cara detrás de mis palmas.

Claire se ríe.

—Uy. Por esa reacción, fue hace poco, ¿verdad?

—Solo voy a confirmar que eso de dejarse llevar en la práctica es una pésima idea.

—¿Mal momento o mala persona?

Miro por la ventanilla sin responder de inmediato. Desde aquí arriba el mundo se ve engañosamente ordenado.

—Mi jefa —admito, forzándome a mirarla—. ¿Esto va a afectar mi contratación?

—Ah, la jefa —Claire asiente—. Sí, esa es una mala idea. Siempre. Sin excepción— hace un gesto con la mano—. Y sobre tu contratación… hasta donde sé, eres tú quien nos está evaluando a nosotras, no al revés.

—Claro, evaluando —digo con algo de amargura—. Desde mi posición de poder absoluto con cero opciones.

—¿Sabes cuántas personas han rechazado una oferta de Blackwell Global Health?

—Estoy aquí —señalo.

—Pero dijiste que no. Acaba de mandar al diablo a una startup de IA que podría comprar cinco veces si quisiera, pero no lo hará solo por orgullo. Tú dijiste que no y ahora viajas a la mejor instalación que tiene. Eso te hace especial.

—Sospecho que si vuelvo a decir que no, me va a lanzar del avión cuando estemos sobre el Golfo de México.

Ambas sonreímos.

—Di que sí, por favor —me aconseja Claire—. Odio llenar reportes de incidente con víctimas fatales. Son como veinte páginas —suspira—. Y Catalina, por favor… —espera a que la mire—. No te acuestes con Selene.

—Anotado.