Capítulo 8
Nada como mejorar tu vida para arruinarla
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Me recargo contra la encimera a ver girar el pollo frito. Hay procesos que no necesitan supervisión, pero los observo de todas formas.
Anoche cené langostinos sobre risotto de azafrán a treinta mil pies de altura. No sé cuánto costaba ese plato porque los menús en jets privados no incluyen precios. Lo que sí sé es que la porcelana donde lo sirvieron vale más que el microondas que ronronea frente a mí.
Selene apenas tocó la cena. Empujó los langostinos después de tres bocados y pidió otra copa de vino blanco. Yo terminé todo, hasta las gotas de salsa, porque mi cerebro todavía opera con la lógica de «no volverás a comer esto en tu vida».
El microondas suena y abro la puerta. El empanizado está aguado donde el vapor quedó atrapado y duro como plástico donde se secó demasiado, que es lo que le pasa a las cosas que no fueron diseñadas para este proceso. Mastico despacio, asqueada. El sabor no es malo, es el mismo pollo de siempre; sin embargo, ahora tengo un punto de comparación.
Durante toda mi vida, la comida ha sido solo combustible: tacos al pastor entre clases, quesadillas en una mano mientras pipeteaba con la otra, tortas de la cafetería que masticaba sin registrar el sabor ni la textura porque llenar el estómago era suficiente; nunca me importó si sabía bien o mal y nunca se me ocurrió pensar que debería importarme.
Pero anoche probé risotto de azafrán y entendí que la comida puede ser otra cosa, que puede tener capas que se despliegan en el paladar como una reacción química balanceada donde cada componente revela el siguiente en una secuencia precisa.
Muerdo otra vez el pollo frito.
Sé a qué huele una rata muerta porque limpié suficientes jaulas durante mi maestría, y este pollo sabe exactamente a eso, a la versión comestible de ese olor.
Pruebo otro pedazo.
Cumple con la definición de alimento porque mi cuerpo puede procesarlo, extraer las calorías necesarias y convertirlas en energía.
¿A quién intento engañar? Esto bajo ninguna circunstancia debería entrar en contacto directo con el interior de mi boca.
Demonios.
Camino hacia el bote de basura con el plato en la mano y tiro el pollo sin terminar. Me observo hacerlo con la distancia de quien documenta un comportamiento anómalo en un sujeto de estudio, ya que desperdiciar comida es un pecado mortal en mi religión personal de «pobreza absoluta».
Y en el momento exacto en que el parámetro «desayuno» deja de ser relevante, en mi agenda mental surge el parámetro «deberías estar en el laboratorio».
No pude despertarme temprano y fingir normalidad porque en este momento estoy haciendo malabares con una cantidad impresionante de decisiones cuestionables: firmé hojas en blanco, me acosté con mi jefa, debo millones a los bancos, y Ana sigue retrocediendo. Sí, planeo enfrentar esto como un adulto promedio y desaparecer, al menos por unas horas.
No pasa nada si falto un día al laboratorio, ¿verdad? El mundo seguirá girando si apago mi teléfono. Solo necesito un respiro, veinticuatro horas de existir sin obligaciones.
Alguien toca la puerta; es el peor momento posible. La gente que aparece sin invitación tiene un sentido sobrenatural para detectar exactamente cuándo no son bienvenidos y presentarse de todas formas.
Camino hacia allá arrastrando los pies. No tengo una vida social activa, así que seguro alguien se equivocó de número.
Abro y una voz en mi cabeza responde a la pregunta de hace cinco minutos: Sí, Cat. Debiste ir al laboratorio.
Me encuentro frente a una mujer de unos cincuenta años cuyo moño castaño, que suele ser impecable, hoy tiene mechones sueltos que revelan hebras grises. Sus pómulos altos enmarcan una mandíbula definida, y las líneas de expresión alrededor de sus ojos oscuros forman las once y diez cuando está molesta. Son las once y diez ahora mismo.
—Doctora Salazar.
—Buenos días, Catalina —su mirada baja un momento a mis piernas antes de volver a mi cara.
Por supuesto que dice «buenos días» como si esto fuera una visita social normal y no una emboscada.
—Estaba a punto de llamar… —miento.
—Mientes —cruza los brazos sobre el pecho—. Al menos podrías tener la decencia de hacerlo con algo de esfuerzo.
Mi departamento no tiene salida de emergencia ni ventanas lo bastante grandes para escapar.
—Entra, por favor —me hago a un lado y suelto el borde de la puerta, que es cuando noto que me tiembla la mano.
El tacón de Salazar hace contacto con el piso y el sonido rebota contra las paredes.
Variable uno: yo, vestida con una camisa ancha que me llega a medio muslo y bragas. Eso es todo. No hay pantalones, no hay sostén, no hay dignidad.
Variable dos: mi departamento en todo su esplendor. Sin paredes que dividan nada, solo un estudio abierto donde mi jefa puede ver cada detalle de mi vida. Los libros apilados en el suelo porque nunca compré un librero, la ropa colgando del respaldo de la única silla que tengo, los platos sucios amontonados en la barra que intenta separar la cocina del resto sin lograrlo. Y ocupando la mayor parte del espacio habitable está mi colchón, sin tender desde hace tres días, con las sábanas hechas una bola arrugada en el centro como monumento a que he perdido el control de todo.
Variable tres: La doctora Salazar en jeans oscuros y blusa azul de botones. Elegante de la forma en que lo son las mujeres con doctorados y puestos de jefatura, que ganan lo suficiente para vestirse bien, pero que siguen revisando precios antes de comprar.
Si tuviera que cuantificar mi nivel actual de humillación usando una escala estándar del uno al diez, donde diez es lo peor posible, esto está rompiendo todos los parámetros en un sólido quince, quizás dieciséis si considero que los trastes sucios llevan ahí lo suficiente para desarrollar su propio ecosistema aromático.
—Supongo que no me creerás si digo que estoy enferma, ¿verdad? —agarro la ropa de la silla con un gesto brusco y la lanzo hacia el colchón.
—¿Enferma? —se sienta, cruzando las piernas—. ¿De evasión crónica? Porque los síntomas que veo desde aquí apuntan en esa dirección.
—Fase terminal —el chiste muere en el aire—. Sé que debí avisarte y no lo hice, y todo lo que se me ocurre decir para explicarlo suena a pretexto porque es un pretexto.
Mi jefa no dice nada. Solo me mira, y cada segundo que pasa sin que hable se siente como un reproche adicional en una lista que ya es demasiado larga.
—Catalina, te he observado durante seis años. Probablemente más de lo que debería —se recarga en la silla—. Te muerdes el labio inferior cuando los datos no cuadran, siempre el mismo lado, el izquierdo. Cuentas en voz baja cuando pipeteas secuencias largas, en múltiplos de cuatro, y cuando pierdes la cuenta, empiezas de nuevo en lugar de adivinar porque no toleras el margen de error. Los viernes te quedas treinta minutos extra organizando muestras aunque nadie te lo pida, y siempre sé a qué hora llegas y a qué hora sales porque el laboratorio cambia cuando estás y cambia cuando te vas; hay dos temperaturas distintas y aprendí a distinguirlas sin proponérmelo —sus ojos siguen fijos en mí—. Te conozco mejor que nadie. Mejor, quizás, de lo que tú misma te conoces. Así que dime, ¿por qué no me llamaste para decirme que aceptaste la Dirección de Investigación Estratégica?
Las palabras llegan a mis oídos, pero mi cerebro las recibe como señal sin decodificar. Parpadeo dos veces. ¿Dirección de…? ¿Yo?
—¿Qué?
—¿Cómo que «qué»? El comunicado llegó a las cuatro de la mañana —Salazar exhala por la nariz y se frota el puente con dos dedos, presionando como si le doliera la cabeza—. Blackwell Global Health acaba de donar cien millones al instituto. Son nuestro principal benefactor a partir de hoy. Y yo me enteré por un correo institucional como cualquier otra persona.
¿Cuatro de la mañana?
Hago los cálculos. Eso fue hace horas. Selene se movió justo después de que firmé esos papeles. Ni siquiera hubo un periodo de gracia.
—Yo solo… conseguí financiamiento para mi investigación —mis manos encuentran el borde de la camisa y se quedan ahí; necesito aferrarme a algo mientras la frase aterriza.
Mi jefa tiene la misma expresión que puso cuando le presenté el paper del virus de Chiapas. Como si estuviera escuchando a alguien que perdió contacto con la realidad y no sabe si reír o llamar a seguridad.
—Estamos hablando de cien millones —se detiene, porque el número ocupa casi un espacio físico entre nosotras—. No es presupuesto de investigación. Es más dinero del que hemos manejado en toda la historia de este departamento.
—Lo sé —mi voz no tiembla, que es inusual considerando todo lo demás que está temblando en este momento—. Mi investigación vale eso. Puede que valga más.
—Tu trabajo es brillante, siempre lo he dicho —se tensa—. Pero las compañías como Blackwell Global Health no donan cien millones solo porque leyeron un papel interesante.
La miro intentando descifrar qué está insinuando.
—¿A qué te refieres?
—El comunicado llegó a las cuatro de la mañana —habla despacio—. A las seis ya habían enviado a su equipo legal. A las ocho cerraron el laboratorio —se encarga de que cada palabra haga eco en mi conciencia—. Las inversiones así no se mueven en horas, Catalina. Toman meses.
—Selene es… bueno, es eficiente. Así trabaja ella.
—¿Selene?
—Es la CEO de…
—Sé quién es Selene Blackwell. Sé cómo opera —mueve la cabeza despacio—. Y una mujer como ella no mueve cien millones por un virus que ni siquiera has terminado de secuenciar —su mirada se estrecha—. Está apostando por algo que ya existe, algo que puede tocar. ¿Qué tienes que ella quiere?
Me muerdo el labio y mis ojos se desvían hacia la pila de libros en el suelo, que no tienen nada relevante que ofrecerme, pero están convenientemente lejos de la mirada de Salazar.
—Es un acuerdo de investigación. Nada más —la pausa antes del «nada más» es demasiado larga y las dos lo notamos.
Camino hacia la cama buscando el teléfono mientras entiendo, con la claridad específica de las conclusiones que llegan demasiado tarde, que desconectarme justo después de firmar esos papeles fue una estupidez monumental. Claro que Selene iba a actuar rápido; tiene recursos ilimitados…
Presiono el botón de encendido.
—Bueno, entonces te felicito —su expresión no se mueve ni un milímetro—. Es una oportunidad extraordinaria para tu carrera.
Las palabras son correctas, pero el tono es el de alguien cerrando un expediente, no porque el caso esté resuelto, sino porque por ahora no hay más que hacer con él.
—Sí —es todo lo que tengo.
El teléfono encuentra señal y colapsa de inmediato, vibrando sin parar mientras llamadas perdidas, mensajes y correos llenan la pantalla en una avalancha que lleva horas esperando que yo apareciera.
—¿Catalina?
Algo en mi pecho se aprieta y tengo que sentarme. Ricardo ha intentado localizarme toda la mañana, diez llamadas perdidas, quince mensajes, y el último dice solo: «¿Qué hiciste, Cat?»
El colchón se hunde un poco cuando la doctora Salazar se sienta a mi lado.
—¿Qué ocurre?
Toco el nombre de Ricardo en la pantalla y cuento los timbres. Uno, dos, tres. Buzón de voz. Cuelgo, marco otra vez, el mismo resultado. Vuelvo a intentar. Nada.
—¿Catalina?
Me levanto y camino hacia la puerta sin decidirlo realmente.
—Tengo que irme.
Ya estoy girando la manija cuando la doctora Salazar me alcanza y pone su mano sobre la mía.
—¿A dónde vas?
—Perdona, pero tengo una emergencia familiar y…
—Y ni siquiera estás vestida —apunta.
Bajo la mirada. Es un inventario breve: Camisa ancha. Bragas. Pies descalzos.
—Mierda —regreso sobre mis pasos y agarro los primeros jeans que encuentro.
—Voy a aclarar algunos puntos con Selene —me calzo los zapatos sin mirarla—. Luego te doy respuestas mejores que estas. Es que ahora mismo no… no sé ni por dónde empezar.
—De acuerdo —cede, aunque la palabra no le sale del todo cómoda—. Pero yo te llevo.
—Puedo ir sola —las llaves del Civic tienen que estar en algún lado—. De verdad, gracias.
—Catalina —su voz no admite discusión—. Pelear conmigo o llegar rápido. Elige.
Nos miramos y el silencio dura justo lo que tarda mi cerebro en procesar que el Civic podría tardar diez minutos en arrancar, o no arrancar, y que no tengo tiempo para ninguno de los dos escenarios.
—De acuerdo —cedo—. Debo llegar a la Clínica del Ángel.
Salazar asiente y abre la puerta. Bajamos juntas sin hablar; sus tacones marcan un ritmo constante contra el concreto. Como un «tac tac tac» cargado de cosas que ninguna va a decir y es lo bastante fuerte para distraerme de lo que sea que esté pasando con Ana.
El Honda Accord está en la calle. Salazar desbloquea las puertas a distancia, rodea el auto hacia el conductor con el mismo ritmo de sus tacones, y yo abro la puerta del pasajero y me deslizo adentro.
El interior huele a su perfume, no el olor genérico del auto de una mujer soltera; es una fragancia que envuelve y me llena de ella. Sé que estuvo casada con un político. Su hijo tiene veinte, lo he visto tres veces en seis años, y tengo la certeza de que ese número no es muy distinto al de ella.
¿Por qué estoy pensando en su familia? No. La pregunta correcta es: ¿Por qué me acosté con ella?
Sí, esa es la pregunta correcta, y no voy a darle vueltas ahora mismo. Intento con Ricardo otra vez. Su teléfono está muerto y los mensajes que me dejó son cortos, escritos con prisa:
«Tienes que venir ahora».
«Cat, es una emergencia».
«Llámame cuando veas esto».