Capítulo 6
Solo un pequeño crimen internacional
- –
- 5
- 12
El descenso me toma por sorpresa. Estaba mirando el océano a través de la ventanilla, ese azul imposible que solo existe en fotografías retocadas, excepto que aquí es real, cuando siento el cambio de presión en los oídos y el suave tirón del avión inclinándose hacia la isla.
Es más grande de lo que esperaba: kilómetros de selva tropical densa interrumpida solo por la pista, algunas estructuras blancas cerca de la costa que parecen residenciales y lo que podría ser un muelle en la punta norte.
Un diseño pensado para pasar desapercibido: arquitectura baja que no compite con las palmeras, techos blancos que reflejan el sol en lugar de absorberlo, caminos de grava que serpentean entre la vegetación sin destruirla.
Las Suburbans negras nos reciben en la pista, y mientras aterrizamos, pienso que cuando tienes recursos ilimitados puedes hacer que un BSL-3 se vea como un spa de cinco estrellas.
—Te observo observar —volteo y encuentro a Selene con la mano apoyada en el respaldo a centímetros de mi hombro—. Cómo tus ojos diseccionan lo que ven en lugar de solo registrarlo. Cómo tu mente convierte el paisaje en datos, la belleza en variables medibles —baja la voz—. No puedes contemplar algo sin analizarlo primero, sin reducirlo a sus componentes esenciales y reconstruirlo hasta que cada detalle tenga su lugar lógico y perfecto.
Acaba de aparecer y no hay rastros de la mujer que la acompañó por tres horas; lo cierto es que algo en mi estómago se relaja al no tener que presenciar esa parte de su rutina.
Se ha cambiado a pantalones rectos color arena, camisa blanca de lino que mantiene suficiente estructura para verse profesional, pero lo bastante holgada para el clima tropical, y zapatos de cuero cerrados en marrón. Es la versión de CEO adaptada al Caribe, pero sigue siendo innegablemente CEO.
—No sé si es halagador o perturbador que notes eso.
—Prefiero que sea halagador —se sienta a mi lado, aunque el sofá fue pensado para una sola persona y hay asientos vacíos por todo el avión—. Me gusta que no aceptes lo superficial. Tu hambre por comprensión total es invaluable, en realidad.
A veces me parece que sus ojos son azules; en este momento apuesto a que son grises. No consigo darles una definición cromática precisa.
Me volteo hacia la ventanilla porque necesito enfocar mi atención en algo que no sea el punto de contacto constante entre su muslo y el mío.
—Claire bajó hace diez minutos sin problema —digo—. Nadie la escoltó de forma especial, nadie verificó nada antes de que bajara. Solo salió del avión y se fue en la Suburban —observo el hangar—. Pero nosotras seguimos aquí. Aterrizamos hace veinte minutos y no nos hemos movido. Tu seguridad está presente: ocho hombres que puedo contar desde aquí, todos armados —la miro a los ojos—. Y sigues revisando tu reloj —inclino la cabeza—. ¿Qué pasa en…? —reviso la hora— ¿cuatro minutos? ¿Tres?
—Menos de tres minutos —responde—. Es protocolo estándar. Los satélites de reconocimiento pasan en órbitas predecibles. Cuando hay superposición de cobertura internacional, espero. Simple gestión de riesgo. No tiene sentido operar un laboratorio fuera de regulaciones si dejo evidencia fotográfica de mi presencia aquí cada vez que aterrizo.
Resoplo, ese sonido involuntario que haces cuando tu cerebro se rinde ante lo surrealista de la situación.
—Yo considero gestión de riesgo comprobar la fecha de caducidad del yogurt.
La brecha entre nuestras realidades es tan grande que casi da risa.
Casi.
—El yogurt no caduca —señala—. Los cultivos vivos continúan fermentando. Se vuelve más ácido, no peligroso.
—Sí, bueno, técnicamente lo sé —bufo—. Mal ejemplo después de ocho años estudiando microorganismos. El punto es que mi versión de «riesgo catastrófico» no incluye satélites de reconocimiento.
Selene invade ese último centímetro de respiro entre nosotras.
—Todos mis empleados bajan con el personal de seguridad —explica—. Van directo a sus áreas asignadas. Tú estás aquí, esperando protocolos que solo aplico para mí. ¿No te parece interesante?
—Lo noto —mi voz sale tensa—. No sé qué hacer con esa información, pero lo noto.
—Catalina —dice, y hay algo en cómo pronuncia mi nombre que me obliga a prestar atención—. Tu paper sobre regeneración celular atípica es el tipo de investigación que te pone en la misma lista donde estoy yo. La lista que hace que satélites de reconocimiento te monitoreen.
El frío me recorre la espalda antes de que mi cerebro termine de considerar las implicaciones.
Documenté un virus que podría revertir el envejecimiento humano. Documenté la base científica para la inmortalidad. Documenté algo que vale más que cualquier arma nuclear.
—Debí haberme quedado con mi plan de narcotráfico indie —pienso—. Menos complicado que esto.
Selene arquea una ceja, consulta su reloj una última vez y se pone de pie.
El calor constante donde nuestros cuerpos se tocaban desaparece. El perfume de bergamota que había estado saturando cada respiración se disipa, reemplazado por el aire acondicionado neutral del avión. El sofá que se sentía demasiado pequeño ahora se siente casi vacío.
Mi cerebro se despeja como niebla levantándose, y me doy cuenta de cuánto espacio mental estaba ocupando el simple hecho de estar tan cerca de ella.
Y no sé si extraño el sopor o si estoy aliviada de que se haya ido.
—Ventana cerrada —dice—. Podemos bajar.
Agarro mi mochila, pero no me levanto. Miro hacia el techo del avión, luego hacia la ventanilla, como si pudiera detectar alguna cámara satelital apuntando hacia nosotras.
—¿Segura? Porque yo no veo nada, lo cual supongo que es el punto, pero tampoco tengo forma de verificar que realmente ya pasó…
—La física orbital no tiene márgenes de error —responde—. Tres minutos son tres minutos. Ya está.
Sigo a Selene por el pasillo del avión. Claire ya no está, la azafata tampoco. El jet se encuentra vacío, excepto por nosotras dos. Llegamos a la puerta y justo antes de bajar, volteo. No sé si la mujer que Claire mencionó sigue ahí; no la vi salir. Tampoco la busqué activamente, pero el avión no es tan grande como para que alguien salga sin que lo note.
—Aborda en México, sale en México —Selene me lee el pensamiento—. Todo lo que pasa entre esos puntos no existe para ella.
—Perdón —susurro bajando los escalones—. No quise… asumir. O juzgar. O lo que sea que acabo de hacer.
—No te disculpes. Mi vida funciona de formas poco convencionales. Vas a ver cosas que te hagan preguntarte qué está pasando, y no siempre voy a explicártelo. Acostúmbrate a esa sensación.
Un hombre de traje oscuro y lentes de sol espera junto a la puerta trasera de un Cadillac Escalade. Abre cuando Selene está a dos pasos de distancia. Ella sube primero, sin mirar atrás, asumiendo que la seguiré. Y lo hago, trepando con menos elegancia y mi mochila golpea el marco.
—¿Qué llevas en esa bolsa? —pregunta Selene una vez que me he sentado frente a ella.
—Mi mochila funciona de formas poco convencionales y no siempre voy a explicártelo —abrazo la bolsa como si protegiera a un animal herido—. Mejor que te acostumbres a esa sensación.
Selene suelta una carcajada, breve pero genuina, echando la cabeza hacia atrás.
—Apuesto a que puedo adivinar —abre un compartimento integrado entre los asientos y saca dos botellas de agua—. Una laptop.
La camioneta avanza por un camino rodeado de palmeras y vegetación tropical tan densa que casi no veo el cielo.
—No.
—¿Sin laptop? —levanta una ceja.
—Ni siquiera tengo una —admito—. Uso el equipo del laboratorio.
Decido no mencionar que mi monitor es un CRT de la pre-história.
—Entonces… ¿documentos? —se acomoda en elasiento—.— ¿USB con respaldos?
—No sabía que viajaríamos —le recuerdo—. Para cuando mencionaste «isla privada», ya estábamos en el Mercedes.
La mirada de Selene baja hacia mi mochila. Al menos tengo el consuelo de que es negra; incluso puedo añadir «sobria» a su descripción. Luego recuerdo que Blackwell Global Health facturó $4.7 mil millones en un trimestre y pienso que para Selene es una bolsa de supermercado que está ensuciando su Escalade.
—¿Qué hay ahí? —cuestiona más seria.
—Mi celular —subo los hombros—. Y mi cartera.
Se queda esperando que añada algo más a la lista.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Exhala despacio por la nariz.
—Trajiste una mochila entera —recapitula— para un celular y una cartera.
—Las bolsas de mano las olvido en todos lados —explico—. Y si llevo el celular en el bolsillo, lo pierdo. Entonces todo va en la mochila. Si está en mi espalda, no puedo olvidarla.
Asiente como si acabara de confirmar una hipótesis, pero antes de que pueda preguntar si está reconsiderando contratarme, el auto se detiene.
Giro hacia la ventanilla y veo lo que parece una villa moderna de paredes blancas y un diseño abierto, con ventanales enormes mirando al Caribe. Luce como la casa de descanso de un multimillonario, no como un lugar donde se manipulan patógenos peligrosos.
Bajamos y, cruzando por el sendero de grava blanca, llegamos a las puertas automáticas.
—Bienvenida —me dice Selene.
El vestíbulo podría ser el lobby de un banco suizo o la sala de espera de una clínica privada de cirugía plástica. Frío. Inmaculado. Diseñado para intimidar, no para recibir.
El logo de la compañía es una B de trazos que recuerdan un enlace molecular y cubre la pared del fondo con sus más de tres metros de alto.
Un hombre con bata de laboratorio nos está esperando, lleva una tablet bajo el brazo y se empuja los lentes hacia arriba cuando Selene se acerca.
—Doctora Blackwell —saluda con un acento que no logro ubicar—. Todo está listo.
—Agradezco su disponibilidad, pero he decidido que la orientación inicial requiere mi supervisión directa —declara Selene—. Mantenga al equipo en standby hasta que requiera su intervención.
—Entendido, doctora —responde enseguida.
Selene me guía hacia el fondo del vestíbulo y, al tocar un punto específico, la pared se divide, revelando un ascensor.
—¿No hay nadie más? —pregunto, intentando que no se note el nerviosismo en mi voz cuando las puertas se cierran y nos hundimos en una oscuridad absoluta.
La cabina es espaciosa, pero mi cerebro científico cataloga lo importante: el grosor de las puertas, el sello de goma industrial en los bordes, la presión controlada que hace que mis oídos se ajusten, el lector biométrico como única forma de operarlo.
—Ciento once científicos, veinticuatro médicos, dieciocho técnicos de laboratorio, más personal de seguridad y mantenimiento —enumera.
Salimos del ascensor a un pasillo que podría estar en cualquier instituto de investigación del mundo y huele al tipo de limpieza obsesiva que solo existe donde la contaminación puede arruinar meses de trabajo.
—Pero nadie en la recepción —observo.
—¿Recepcionista? ¿Para saludar a los investigadores de la FDA cuando vengan a inspeccionar mi laboratorio clandestino?
—De acuerdo, pregunta tonta.
El pasillo se extiende recto por varios metros antes de ensancharse. Cuando llegamos a esa apertura, veo la primera sección a través de una pared de vidrio templado. Hay un laboratorio donde un hombre con bata blanca está pipeteando algo en una serie de tubos organizados en gradillas. Incluso a esta distancia reconozco todo el equipo detrás de él: centrífugas, incubadoras, refrigeradores con cerraduras de bioseguridad.
—¿Qué es lo que voy a ver hoy? —interpelo—. Porque dudo que hayamos volado hasta aquí solo para revisar planos del proyecto en México.
Giramos a la izquierda y más espacios se van haciendo visibles a medida que avanzamos. Las oficinas tienen configuraciones de tres o cuatro monitores cada una, y la gente trabajando en ellas está tan concentrada que no nos mira pasar. En una pantalla veo lo que claramente es un cromatograma procesándose en vivo.
—Las compañías farmacéuticas operan bajo una paradoja imposible —expone Selene mientras caminamos—. Se nos exige innovar mientras se nos prohíbe tomar los riesgos reales que la innovación requiere. Mi familia resolvió esa paradoja hace generaciones: mantener operaciones públicas que satisfagan a los reguladores y operaciones privadas donde se hace el trabajo que de verdad importa. Esta isla pertenece a la segunda categoría.
Algo en uno de los laboratorios me detiene en seco. A través del vidrio veo hileras de placas de cultivo en una incubadora transparente, y el patrón de crecimiento es… extraño. No es bacteriano. Es viral, pero la morfología del efecto citopático no se parece a nada que haya visto antes.
—Pero cada vez que quieres aterrizar aquí tienes que esperar ventanas satelitales —capto mientras me acerco al vidrio tratando de ver mejor—. México, en cambio, te da una fachada legal. Un laboratorio registrado donde puedes entrar por la puerta principal cuando quieras.
—Parcialmente correcto —responde—. Tengo laboratorios en Europa, Asia y Norteamérica. Todos operan siguiendo protocolos estrictos. Esta isla existe para la investigación que rompe esos protocolos por completo —también mira a través del cristal—. México será para lo que está en medio: investigación que puedo defender ante reguladores, pero que prefiero mantener separada de mis operaciones principales.
—Como los fenómenos regenerativos que documenté —observo.
—La instalación tiene tres niveles —me explica Selene, continuando con el recorrido—. Este es el primero. Administrativo. Oficinas de investigadores principales, salas de juntas, laboratorios BSL-1 y BSL-2 para análisis básico.
Señala hacia el suelo.
—El segundo nivel es donde pasa la investigación real. BSL-3 completo. Laboratorios equipados para trabajo con patógenos peligrosos, cámaras de aislamiento, sistemas de presión negativa, almacenamiento criogénico.
Su voz baja un tono.
—Y el tercer nivel es para ensayos clínicos. Habitaciones de contención para sujetos, observación médica continua, quirófanos, sistemas de soporte vital. Protocolos de emergencia para contención de brotes si algo sale mal.
Me sostiene la mirada.
—Lo vamos a replicar en México —extiende el brazo para señalar las instalaciones—. Esto es el plano que pediste ver, Catalina.
El paraíso para cualquier científico.
También podría ser el infierno, supongo. Depende de tu perspectiva moral.