Capítulo 4

Supongo que esto es lo que llaman punto de no retorno
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No duermo bien.

La tarjeta de Selene está en mi buró; alargo el brazo para alcanzarla. El papel es grueso, color crema, casi como tela. Las letras en relieve dicen: Selene Blackwell, CEO.

Su número de teléfono directo está debajo, diez dígitos que ya memoricé sin querer.

«Llama cuando estés lista. O no llames. Pero no esperes demasiado».

Tres oraciones. Dos opciones. Una advertencia. Selene no desperdicia palabras.

La textura del grabado raspa mi dedo cuando sigo el trazo de la «S».

Elegante hasta para manipular.

Me levanto a las seis con el cuello adolorido. Camino los tres pasos que separan mi colchón del refrigerador y saco el frasco de café instantáneo del gabinete.

¿De verdad lo estoy dudando? En cualquier momento mi casero me manda el mensaje pasivo-agresivo de «solo recordándote que hoy vence la renta :)». Cualquiera en mi situación ya habría llamado. Conozco a un puñado de científicos que me quitarían esta tarjeta a golpes.

Un trabajo en Blackwell Global Health me solucionaría la vida.

Preparo el café, agarro un bolígrafo y mi cuaderno. Necesito saber exactamente con quién estoy tratando.

Camino de vuelta a la cama con la taza humeando en una mano y el cuaderno en la otra. Ya instalada, tomo mi celular y busco: Blackwell Global Health controversias.

Entro a un artículo de ProPublica sobre un ensayo clínico en Kenia. Blackwell estableció una «clínica móvil gratuita» para tratar la tuberculosis. Veintidós personas desarrollaron daño hepático permanente. Tres murieron.

Abro mi cuaderno y anoto: Kenia 2019 - TB resistente - daño hepático - tres muertes.

Reuters reporta que la FDA multó a Blackwell con doce millones por violar protocolos de seguridad en ensayos de fase II.

Al escribir doce millones, lo encierro en un círculo; me parece una cantidad impresionante, hasta que leo que Blackwell facturó $4.7 mil millones ese trimestre.

—Por Dios…

Hay un caso en la India que casi nadie cubrió. Por supuesto, Blackwell pagó ocho mil dólares a cada familia y les hizo firmar documentos en blanco.

Escribo: India - HepC experimental - 47 afectados - $8K, silencio.

Abro el sitio de la OMS buscando reportes de eventos adversos. Blackwell aparece en doce investigaciones abiertas en los últimos cinco años.

Subrayo: Investigadores OMS - empleados Blackwell o muertos.

En Reddit aparece el testimonio anónimo de alguien que relata cómo se alteraron datos de seguridad durante ensayos oncológicos.

Copio el texto completo en mi cuaderno.

Blackwell acumula 847 patentes. Pocas son innovación genuina; la mayoría, ingeniería legal: retoques moleculares suficientes para extender monopolios décadas enteras. Descubro una en particular que bloquea toda competencia. Precio final: $340 el vial. Costo de fabricación: $6.

Anoto: ganancia de 56.67 veces el costo.

Alguien está pagando esa diferencia con su vida.

Leo sobre el caso de Filipinas. Blackwell donó vacunas «experimentales» después de un tifón. Las presentaron como ayuda humanitaria. En realidad, era fase III sin aprobación.

Escribo y subrayo: Desastres naturales = oportunidad para ensayos no autorizados.

Busco demandas civiles. Hay diecisiete casos activos en cortes de EE. UU.

El teléfono vibra en mi mano. La notificación de WhatsApp aparece sobre el artículo de ProPublica. Parpadeo, desorientada. Llevo horas leyendo reportes completos sin parar.

Deslizo para abrir el mensaje. Mi casero: Solo recordándote que hoy vence la renta. :)

La carita feliz hace que quiera estrellar el teléfono.

¡Demonios!

Me lavo la cara en el baño, me cambio la blusa arrugada por una sudadera. Agarro el teléfono y el cuaderno con mis notas antes de salir. Necesito aire. Necesito procesar las doce páginas de atrocidades que acabo de documentar. Y necesito largarme antes de que mi casero aparezca en mi puerta preguntando por su dinero.

No puedo quedarme en una cafetería y tampoco puedo darme el lujo de gastar gasolina conduciendo por la ciudad, así que me refugio en el único lugar que tengo disponible un sábado por la tarde sin que me cueste nada.

El laboratorio se ve peor después de haber cenado en Pujol. La puerta principal tiene la cerradura rota desde hace cuatro meses. En las escaleras la pintura se cae a pedazos. El pasillo huele a humedad y a químicos que llevan años ahí.

—¿Sabes que hoy es sábado? —pregunto al ver a Martín sentado frente a su computadora.

—Me quedé atrás con los protocolos de la semana —hace un gesto hacia su monitor—. Si no los entrego el lunes, Salazar me mata.

Dejo mi cuaderno sobre la mesa.

—Suena divertido —digo sin convicción—. Yo vine a revisar unas cosas. No me hagas caso.

Mi colega me mira por primera vez desde que entré.

—Te ves horrible —dice sin rodeos.

—Gracias.

Hace una pausa, estudiándome.

—¿Tiene algo que ver con tu cena misteriosa?

Miro el CRT viejo frente a mí. Está apagado todavía, solo refleja las luces del techo. La pregunta de Martín me deja la mente en blanco durante varios segundos.

—Me ofrecieron trabajo —digo derrotada.

—¡Cat, eso es increíble! —su entusiasmo es inmediato—. ¿Por qué actúas como si fuera una tragedia?

—Es en Blackwell Global Health.

El sonido que hace Martín es casi un jadeo.

—Mierda, Cat. Eso es… eso es grande.

—Grande y aterrador —murmuro contra mis palmas.

—¿Aterrador? Cat, es Blackwell. Tienen los mejores laboratorios del mundo. ¿Cuál es el problema?

—Oh, no sé. Quizás que usan desastres naturales como oportunidad para ensayos clínicos no autorizados. O que tienen una arquitectura legal diseñada específicamente para evadir responsabilidad. Detalles menores.

—Bienvenida a la industria farmacéutica.

Levanto la vista hacia él.

—¿Crees que estoy siendo dramática? ¿Que este es literalmente el único camino disponible?

—No estás siendo dramática. Todo lo que dijiste es verdad. Blackwell es horrible —hace una pausa—. Pero Cat, mírate. Mira este lugar. ¿Cuántas solicitudes de fondos has mandado? Tu auto apenas funciona, y seguro tu casero te está persiguiendo; por eso estás aquí un sábado. ¿Es el único camino? No. ¿Es el único que te están ofreciendo ahora mismo? Sí.

Bajo la mirada al cuaderno con mis doce páginas de notas.

«Llama cuando estés lista. O no llames. Pero no esperes demasiado».

Miro alrededor. Este es mi futuro si me quedo: diez años más rogando por fondos que nunca llegan, escribiendo papers que nadie lee, usando equipo que debió retirarse hace una década.

«Solo recordándote que hoy vence la renta. :)»

Voy a terminar como los investigadores senior que veo en conferencias, los que todavía hablan de proyectos que nunca se materializaron, que siguen esperando el grant que les cambiará la vida. Voy a cumplir cuarenta aquí, luego cincuenta, midiendo mi carrera en rechazos acumulados.

La puerta se abre y la Dra. Salazar entra al laboratorio con una carpeta en las manos. Su mirada va de Martín a mí, deteniéndose en mi cara probablemente desastrosa.

—Catalina. Martín —saluda con tono profesional—. Dos de mis mejores investigadores trabajando un sábado por la tarde.

—Reportes —explica mi compañero—, y Cat se oculta de su casero.

Me tallo los ojos, demasiado cansada para fingir dignidad.

—Técnicamente, estoy revisando datos. Que mi casero no sepa dónde es solo un beneficio adicional.

Salazar camina hacia mi estación y coloca la carpeta sobre la mesa.

—Si vas a usar el laboratorio como vivienda, necesito que llenes los formularios correspondientes —dice sin sonreír, aunque su tono se suaviza—. ¿Cuánto debes?

—Lo suficiente para que vivir entre refrigeradores de bioseguridad suene tentador —suspiro.

Mi jefa no responde de inmediato. Solo me sostiene la mirada con una intensidad incómoda.

—Hay opciones. Mejores opciones que esto.

La silla de Martín rechina cuando se levanta.

—Voy a estirar las piernas —anuncia—. Exportar estos resultados está tomando una eternidad.

Escucho sus pasos y la puerta cerrándose. Salazar se acerca lo suficiente para que pueda oler su perfume.

—Parece que nadie en este laboratorio tiene planes mejores para un sábado —intento sonar casual.

—Pasé a recoger unos archivos a mi oficina —tamborilea los dedos sobre la carpeta—. Cuando vi tu Civic en el estacionamiento, decidí subir. Has estado evitándome toda la semana.

Me cruzo de brazos, echando la espalda contra la silla.

—Quería evitar esta conversación: usted preguntándome qué voy a hacer ahora, y yo sin tener respuesta.

—No esperaba que tuvieras todo resuelto en una semana. Pero sí esperaba que confiaras en mí lo suficiente para hablar sobre ello.

Bajo la mirada.

—Sí confío en usted. Pero hay diferencia entre confiar en mi jefa y decirle que no tengo dirección. Una conversación así puede hacer que se pregunte si todavía valgo el espacio que ocupo aquí.

Salazar cierra la distancia entre nosotras y se sienta sobre el borde de mi mesa.

—¿De verdad crees eso?

Aprieto los labios. Su cercanía me pone nerviosa.

—Algunos días creo que soy brillante. Otros días creo que soy un fraude que convenció a suficiente gente para llegar hasta aquí.

Salazar sonríe, y es una sonrisa genuina, casi tierna.

—Mira, de tu futuro en el laboratorio hablamos el lunes. Hoy necesitas resolver tu situación inmediata —su tono cambia, se vuelve más práctico—. Te ofrezco dos cosas: dinero para cubrir la renta o una habitación en mi departamento.

El silencio se instala entre nosotras mientras proceso lo que acaba de decir.

—Está a diez minutos —continúa—. Y es lo bastante grande para que puedas evitarme ahí tan efectivamente como lo has hecho esta semana.

—No —la interrumpo—. Absolutamente no. Ni el dinero ni la habitación. No puedo hacer eso.

—Negarte no estaba entre las opciones, Catalina.

—Aprecio la oferta, de verdad. Pero no es una solución que pueda tomar.

Salazar suelta una risa corta.

—Perfecto. Entonces las dos vamos a vivir entre refrigeradores de bioseguridad y cultivos virales —dice—. Espero que te guste la compañía, porque no pienso dejarte aquí sola.

—El laboratorio solo tiene un sofá —señalo.

—Entonces lo compartimos.

—Y el aire acondicionado no funciona.

—Perfecto. Así tendrás una excusa para dormir desnuda.

—Si compartimos sofá con cuarenta grados, las dos vamos a terminar sin ropa.

Espera. Eso sonó… ¿En qué momento la conversación llegó a este punto?

—No, o sea, me refiero… por el calor, no que… juntas… bueno, técnicamente juntas, pero no… —me detengo porque cada palabra empeora la situación.

—Cat —la voz de mi jefa tiene un tono que no logro identificar—. ¿Aceptas el dinero o la habitación?

—El dinero, mil cuatrocientos cincuenta y tres pesos —respondo rápido, todavía sonrojada con lo que acaba de pasar—. Será un préstamo formal. Lo pagaré con intereses.

—Está bien —algo en su postura se relaja—. Sin intereses. Pero si necesitas que sea formal para aceptarlo, lo haremos formal —saca su teléfono—. Dame tu número de cuenta.

—Es… —empiezo a dictar los números despacio mientras ella los ingresa.

Unos segundos después, mi teléfono vibra con la notificación.

—Problema inmediato resuelto —se baja de mi mesa y toma la carpeta—. Nos vemos el lunes.

Me pongo de pie, no sé por qué. Quedamos frente a frente, más cerca de lo que pretendía, y ninguna de las dos se mueve.

—Perdón —me alejo un paso—. Gracias.

—De nada, Cat —responde, y la forma en que dice mi nombre hace que algo en mi estómago se contraiga.

Luego se va.

Suelto el aire que estaba reteniendo y me desplomo en la silla. Esta rechina y se desplaza ligeramente hacia la derecha.

Toda la conversación fue… extraña. ¿No?

Abro la app del banco, para verificar que el depósito se haya procesado correctamente.

Depósito recibido: $10,000.00

—No —murmuro—. No, no, no.

Echo a correr hacia la salida. Martín está cruzando la puerta justo en ese momento y casi chocamos.

—¡Hey! —se hace a un lado—. ¿Qué ocurre…?

—¡Lo siento! —grito por encima del hombro mientras sigo hacia el pasillo.

—¿Cat, qué…? —escucho su voz detrás de mí, pero no me detengo.

Llego a las escaleras y empiezo a bajar saltando escalones.

—¡Doctora! —grito alcanzándola en el descanso entre pisos.

—Eso fue rápido —comenta, con un tono desenfadado—. ¿Reconsideraste mi oferta? ¿Vienes a decirme que sí quieres vivir conmigo?

—Diez mil —digo sin aire—. Me depositó diez mil pesos.

—Correcto —continúa bajando.

—No, no es correcto —la sigo.

Se detiene en seco y gira. La gentileza desaparece de su rostro como si alguien hubiera apagado un interruptor. Su mirada es dura, evaluadora, del tipo que usa cuando alguien cuestiona su autoridad en reuniones de departamento.

De repente recuerdo que esta mujer dirige un laboratorio entero, que toma decisiones que afectan carreras, que no llegó a donde está siendo amable.

—Esto tampoco —dice con voz más baja, más ronca—. E igual voy a hacerlo.

No entiendo qué significa hasta que su mano está en mi cintura, firme, posesiva, jalándome hacia ella. Su otra mano toma mi cara y entonces sus labios están sobre los míos.

El beso no es gentil. No es la exploración cuidadosa de dos personas probando algo nuevo. Es hambre pura, contenida durante quién sabe cuánto tiempo y finalmente liberada.

Se separa apenas unos centímetros. Su respiración golpea mis labios, rápida, irregular, completamente fuera del control férreo que mantiene sobre todo lo demás.

—¿Alguna otra objeción?

La empujo hacia atrás. La empujo, fuerte. Su espalda golpea la pared con un sonido sordo y, antes de que pueda reaccionar, estoy sobre ella.

Entro sin vacilación a su boca, copiando cada movimiento que me hizo hace segundos, pero con mi propia desesperación añadida.

Su mano sube por mi muslo, presiona, y pierdo completamente la capacidad de pensar.

—Cat, no podemos hacer esto aquí —dice, pero no suelta mi pierna—. Mi oficina tiene cerradura.

Y yo, Dios ayúdame, simplemente asiento.

Lo que sigue son fragmentos. La memoria rota por la adrenalina y un deseo que no sabía que podía sentir.

El pasillo hasta su oficina. Nuestros pasos demasiado rápidos, demasiado ruidosos en el edificio vacío. Su mano alrededor de mi muñeca. El sonido del cerrojo como punto de no retorno.

Luego su boca otra vez, más hambrienta.

Me empuja contra la puerta, su cuerpo presiona el mío, eliminando espacio y dudas. Noto sus manos en todas partes: mi cintura, mis caderas… Suben por mis costillas hasta rozar lugares que nadie ha tocado en meses, años si contamos tocar así, con esta intensidad.

Abre mi blusa. Usa sus dientes para marcar territorio y su lengua para suavizar el daño. Cada punto al que llega se convierte en una constelación de sensaciones que viajan directo a mi centro.

La madera fría del escritorio presiona contra mis muslos cuando me siento sobre él. Algunos papeles caen al suelo, pero todo lo que le importa ahora a la doctora Salazar está entre mis piernas.

No registro el proceso, solo resultados: su lengua sabe cuándo ser gentil y cuándo no serlo en absoluto. Como si hubiera estudiado mi cuerpo en secreto, memorizado cada respuesta antes de tener permiso para provocarlas.

Mi primer orgasmo llega como colapso estructural. Todo en mí cediendo, rindiéndose, rompiéndose con su lengua dentro.

El segundo orgasmo es más lento, más tortuoso. Su lengua dibuja patrones que mi cuerpo memoriza, pero mi mente no puede seguir. Y yo ruego, literalmente ruego por liberación, que ella me entrega solo cuando decide que he sufrido lo suficiente.

Después, cuando recupero algo parecido a la consciencia, estoy entre sus piernas y los gemidos que le arranco son una victoria personal.

Terminamos en su sofá con las piernas entrelazadas, moviéndonos juntas hasta que ninguna puede distinguir dónde termina su placer y empieza el mío.

El tercer orgasmo nos toma a ambas, simultáneo y devastador.

Después es silencio roto solo por respiraciones irregulares. Su mano en mi espalda, trazando círculos perfectos. Mi cara escondida en su cuello, inhalando su olor mezclado con el mío.

La realidad regresa despacio: estoy en la oficina de mi jefa.

Acabo de cruzar una línea que ni siquiera sabía que existía. Y lo peor, lo absolutamente aterrador, es que no me arrepiento.

Todavía no.

—Cat…

La interrumpe el sonido de mi celular.

—Ignóralo —su mano sigue haciendo dibujos en mi espalda.

Pero no puedo. El sonido es demasiado fuerte en el silencio postorgásmico de su oficina. Demasiado real. Demasiado recordatorio del mundo que existe fuera de esta burbuja.

—Lo siento —digo, apartándome—. Tengo que ver quién es.

No me detiene, pero sus dedos se demoran en soltarme, como si no quisieran hacerlo. Encuentro mi pantalón hecho bola debajo del escritorio; palpo el bolsillo hasta dar con mi teléfono.

Mierda.

—Dime.

—Cat, necesitas venir a la clínica. Ahora.

El tono de Ricardo me atraviesa el pecho.

—¿Qué pasó?

—Es Ana… se descompensó.

Mi mano aprieta el teléfono hasta que los nudillos se ponen blancos.

Ana Robles. Por ella debo cinco millones a una clínica privada. Por ella no puedo pagar mi renta. Por ella me arriesgué a perder mi carrera sacándola ilegalmente de la zona de brote.

Hace diez meses tenía dieciocho años. Ahora aparenta ocho. Es la única paciente con regresión activa.

La traje porque era eso o dejarla morir. Le prometí fondos para estudiar su caso, una cura, que todo estaría bien.

—Voy para allá.

—Catalina, ¿qué pasa? —Salazar se incorpora en el sofá.

—Emergencia familiar —digo buscando mi ropa.

—No sabía que tenías familia en la ciudad.

—Mi primo. Trabaja en la Clínica del Ángel —la miro porque sería peor no hacerlo—. Tiene una situación con un paciente.

—¿Qué tipo de emergencia requiere a una viróloga un sábado por la noche?

Buena pregunta y no tengo una respuesta, así que finjo que abotonarme la blusa requiere toda mi concentración.

—La de hoy —termino de vestirme—, gracias. Te pagaré el préstamo.

Salgo sin mirar atrás, pero escucho su voz cuando ya estoy en el pasillo.

—Lo sé.

Por primera vez en meses, mi Civic decide no ser un problema. El motor no protesta, no hay olores extraños, ninguna luz de advertencia en el tablero. Treinta y nueve minutos después estoy en la clínica.

Corro desde el estacionamiento con el teléfono apretado en la mano como un talismán y miro la pantalla cada tres pasos. No hay llamadas nuevas ni mensajes. Eso significa que Ana todavía está viva. Tiene que significar eso.

Las puertas automáticas de vidrio se abren cuando todavía estoy a tres metros. A esta hora, casi las once de la noche, está vacía, excepto por la recepcionista, que ni me mira cuando paso directo hacia los elevadores.

El ala de aislamiento siempre huele como si alguien hubiera metido un hospital dentro de una bolsa ziplock.

El pasillo está en silencio. Cada puerta tiene su ventana pequeña de vidrio reforzado y su lector electrónico. Protocolos para casos que nadie quiere que salgan de sus cuartos.

La 304 está al final.

Paso mi tarjeta y se enciende una luz verde que me autoriza el acceso a la antecámara; me pongo el cubrebocas y los guantes, aunque el virus de Ana ya no es contagioso, o al menos eso creemos.

Vuelvo a usar la tarjeta para abrir la segunda puerta.

—Llegaste —Ricardo levanta la vista cuando entro.

—¿Cómo está?

—Las convulsiones pararon hace una hora, pero la fiebre sigue en 38.9.

Me acerco a la cama. Ana está tan quieta que por un segundo el pánico me paraliza hasta que veo su pecho subir y bajar.

—¿Cuánto le diste de diazepam?

—Diez miligramos la primera vez. Cinco en el segundo episodio. Tuve que sedarla completamente para evitar un tercero.

Miro los números en el monitor. Frecuencia cardíaca: 88. Presión: 95/60. Oxigenación: 97% Todo técnicamente estable. Todo técnicamente mentira porque no hay nada estable aquí.

—Cat... —el tono de Ricardo cambia—. Se está acelerando.

Lo miro.

—¿Qué tanto?

Se mueve hacia el archivero y saca dos placas.

—Izquierda: hace dos semanas. Derecha: hoy, después de estabilizarla —las coloca contra el negatoscopio.

No necesito ser radióloga para ver la diferencia.

Dos años cada dos semanas. Si continúa así: cuatro semanas más y estará en edad preescolar. Ocho semanas y será bebé. Tres meses, cuatro máximo, antes de que llegue a estado neonatal.

El estómago se me contrae. Como si mis órganos hubieran decidido reorganizarse en configuración de pánico.

Estado neonatal. Y después de eso, ¿qué? ¿Sigue retrocediendo hasta desaparecer completamente? ¿O su cuerpo colapsa cuando ya no puede sostener funciones vitales básicas en un sistema que no debería existir?

—Cat, necesitamos ayuda real. Necesitamos reportarlo.

Sacudo la cabeza, con determinación.

—No vamos a entregarla.

—La estamos matando con nuestra incompetencia. Esto… —señala las placas— no es algo que podamos manejar.

—Sabes qué pasará si lo hacemos.

—Sé qué pasará si no lo hacemos.

—Primer día: transferencia a un hospital especializado. Segunda semana: artículos en revistas médicas…

—Cat…

—Fotos de Ana con una barra negra sobre los ojos, como si eso protegiera su dignidad.

—No tenemos respuestas, no tenemos un laboratorio para buscarlas. Dime, ¿conseguiste financiamiento?

—El primer mes ya no será una paciente. Será «el sujeto». Muestras de sangre cada dos horas. Biopsias de tejido «mínimamente invasivas» que se vuelven más invasivas cuando los resultados iniciales no son suficientes.

—Esta habitación te cuesta seiscientos mil al mes. Debes cinco millones y medio —continúa Ricardo—. Me están presionando; si no pagas dos millones la próxima semana, van a transferirla a un hospital público.

Miro a Ana. Cada día aquí cuesta lo que una familia promedio gana en un mes. La medicina dejó de preguntarse «¿podemos salvarla?» y empezó a preguntar «¿puede pagarlo?» La respuesta siempre es no.

—Cuando su cuerpo sea del tamaño de un recién nacido, alguien va a proponer «estudios más completos». Médula ósea. Muestras de tejido cerebral.

—O encuentran una cura y lo detienen —dice Ricardo—. Llegará alguien con equipo adecuado, con un laboratorio real…

«Llama cuando estés lista. O no llames. Pero no esperes demasiado, Catalina. Yo no construí lo que tengo esperando por gente que no puede decidir».

Ana necesita cura. Yo necesito un milagro.

Y no tengo acceso a ninguna de las dos cosas.

—¡Cat! Cat, ¿a dónde…?

Atravieso la antecámara arrancándome el EPP. Paso las manos bajo el chorro de agua del lavabo, pero no espero a que termine el ciclo y empujo la primera puerta.

Elevador, lobby, salida. No recuerdo haber caminado, pero estoy en el estacionamiento, llorando dentro de mi Civic con tuberculosis.

Ana va a morir porque no tengo fondos para investigar su enfermedad.

«Yo no te pido que aceptes las atrocidades. Te pido que elijas cuáles cometes. Porque vas a cometer algunas, sin importar qué decidas. La única pregunta es si cometes la atrocidad de actuar o la atrocidad de no actuar».

Saco mi celular y tecleo el número de Selene.

—Catalina.

—Dijiste que ibas a construir instalaciones en México. Para investigar el virus —hago una pausa—. Quiero saber más. Ver planos, proyecciones, lo que tengas.

Imagino su sonrisa de satisfacción.

—¿Cuándo?

—Ahora. Mañana. Lo antes posible.

—Te recojo a las seis de la mañana.

Es muy temprano para ver planos, no tiene sentido, pero estoy demasiado cansada para hacer preguntas.

—Puedo manejar…

—Te recojo —repite—. Hasta mañana, Catalina.

Cuelga.