Capítulo 2

Solo necesitaba que alguien peligrosa lo leyera
  • 0
  • 30

Estimada Dra. Reyes:

He leído su manuscrito sobre las propiedades regenerativas observadas en sobrevivientes de brote viral con el tipo de fascinación que rara vez experimento. Su trabajo no solo demuestra un pensamiento innovador; demuestra la clase de valentía intelectual que la comunidad científica debería celebrar en lugar de castigar con rechazos burocráticos.

Me gustaría discutir su investigación personalmente. ¿Estaría disponible para cenar el viernes a las 20:00 horas? He reservado mesa en Pujol. Mi asistente la contactará con los detalles necesarios.

Atentamente,

Selene Blackwell

CEO, Blackwell Global Health

Selene Blackwell. Ese nombre lo conoce cualquiera que trabaje en farmacéutica.

Leo el correo. Lo releo. En la décima lectura finalmente proceso la absurdidad completa: la misma investigación que la comunidad científica rechazó tiene ahora a la CEO de una farmacéutica multimillonaria invitándome a cenar para discutirla.

O todavía más increíble: Selene Blackwell leyó mi paper.

Esto es una broma. Tiene que serlo. Al menos espero que la televisión me pague los mil cuatrocientos cincuenta y tres pesos que necesito para la renta.

Abro el archivo con mi investigación, el mismo que ya fue rechazado diecisiete veces, y leo la introducción buscando qué pudo haber visto Selene Blackwell que los académicos no vieron.

Nada. Es el mismo paper que escribí después de volver de Chiapas. Los mismos seis casos documentados. Las mismas gráficas que diecisiete revisores consideraron insuficientes. Las mismas conclusiones que me costaron el respeto de medio departamento.

Vuelvo al correo.

«He leído su manuscrito sobre las propiedades regenerativas observadas en sobrevivientes de brote viral con el tipo de fascinación que rara vez experimento.»

«Fascinación» no es un término que uses en correspondencia profesional.

«Su trabajo no solo demuestra un pensamiento innovador; demuestra la clase de valentía intelectual que la comunidad científica debería celebrar en lugar de castigar con rechazos burocráticos.»

¿Está hablando en general o ya sabe que mi paper ha sido rechazado diecisiete veces? Quiero creer que es lo primero. Mi paranoia sugiere lo segundo.

«Me gustaría discutir su investigación personalmente.»

«Discutir». No está pidiendo una presentación formal. No está solicitando datos adicionales. Ya decidió que mi investigación tiene valor suficiente para cenar conmigo en un restaurante carísimo.

Cierro el correo. Abro el correo. Lo cierro de nuevo.

¡Selene Blackwell leyó mi paper!

Esto no es normal. Nada de esto es normal.

CEOs de farmacéuticas multimillonarias no leen papers rechazados de científicas sin publicaciones previas. No invitan a cenar a investigadoras cuyo currículum cabe en una página.

—Selene Blackwell leyó mi paper —digo en voz alta para ver si suena menos absurdo.

Camino los cinco pasos que separan mi colchón de la barra que divide el área de cocina, si es que puedo llamar «cocina» a dos quemadores, un microondas y un refrigerador compacto apretujados contra la pared. Del congelador saco un contenedor marcado con el número dos y lo meto al microondas.

Mientras el pollo gira, descongelándose en ciclos de treinta segundos, mi cerebro activa su protocolo estándar para incertidumbre: buscar conexiones, construir hipótesis, forzar orden donde no lo hay.

  • Variable conocida: Selene tiene interés en mi investigación.
  • Variable desconocida: Qué quiere exactamente de ella.
  • Hipótesis: Comprar los datos.
  • Hipótesis alternativa: Contratarme.
  • Hipótesis preocupante: Acceso a los sobrevivientes.

Tengo una licenciatura en microbiología, una maestría en biología molecular y un doctorado en virología. Pero solo necesito sentido común para establecer una verdad fundamental: las farmacéuticas no hacen nada sin motivo. Y ese motivo rara vez respeta principios éticos básicos.

El microondas suena y, mientras como, leo cada línea en el correo.

«Fascinación que rara vez experimento.»

«Valentía intelectual.»

«Cenar el viernes.»

Me quedo dormida pasadas las dos de la mañana, con las palabras de Selene echando raíces en mi cabeza.

Al despertar, no puedo seguir teorizando sobre las intenciones de la CEO de Blackwell Global Health porque es tarde.

¡Carajo!

Ducha descartada. Desayuno descartado. Maquillaje descartado. Me lavo los dientes mientras me pongo unos vaqueros. Cambio la blusa arrugada que usé ayer por una limpia y bajo las escaleras de dos en dos.

El Civic descansa en el estacionamiento del edificio y juro que me mira con ganas de joder mi día.

Lo hace.

—No. No, no, no —golpeo el volante con cada negación.

Giro la llave otra vez. El motor se queja, pero no enciende.

—Vamos —le ruego—. Por favor. Te prometo que conseguiré dinero para arreglarte.

Suelta un gemido metálico, no me cree, pero arranca y eso es todo lo que necesito ahora.

—Déjame adivinar —Martín gira en su silla—. Tu auto finalmente colapsó en medio del tráfico.

—Casi. Tardé diez minutos en convencerlo de que encendiera.

Dejo mi mochila en la mesa de trabajo y me quito la chamarra. El laboratorio zumba a mi alrededor con su sinfonía habitual de refrigeradores viejos y ventiladores rotos.

—Ah, por cierto —dice Martín fingiendo un tono casual que no engaña a nadie—. La jefa pasó preguntando por ti.

—Lo que me faltaba —murmuro mientras reviso mi teléfono esperando encontrar algún mensaje de la Dra. Salazar—. ¿Mencionó para qué?

—Nada específico —se encoge de hombros—. Parece preocupada.

Enciendo la computadora sabiendo que tardará una eternidad en arrancar.

—Ayer no terminó bien mi reunión con ella —le explico—. Rechazaron mi solicitud de fondos.

—Esa oficina me ha visto llorar más veces de las que me gustaría admitir —comenta—. Y Salazar nunca ha sentido la necesidad de venir a buscarme en persona.

—Probablemente solo quiere asegurarse de que entendí el mensaje.

—Seguro, Cat. Seguro que es solo eso —dice sin convicción alguna.

Giro la silla hacia la pantalla, dándole la espalda a Martín y a cualquier cosa que esté insinuando. Mientras el cliente de correo se abre con su lentitud característica, saco el teléfono y abro el navegador.

Google: Selene Blackwell.

Los resultados explotan.

Wikipedia: Selene Blackwell (nacida en 1967) es una bioquímica y empresaria estadounidense. PhD por la Universidad de Cambridge, actualmente es CEO de Blackwell Global Health, una de las principales farmacéuticas del mundo. Forbes la clasifica entre las 100 mujeres más poderosas…

1967. Tiene 58 años.

Forbes: Selene Blackwell: La mujer que revolucionó Big Pharma.

La imagen principal es una fotografía de estudio. Selene Blackwell lleva el cabello platinado en un corte bob. Sus ojos claros me observan con esa clase de intensidad que te hace sentir juzgada incluso cuando sabes que es solo una foto. Nada en su apariencia parece accidental. Es bella, pero con esa clase de belleza fría y arquitectónica que intimida más que atrae.

Sigo buscando.

Bloomberg: Inversionistas celebran resultados récord de Blackwell Global en Q4.

Wall Street Journal: El ascenso imparable de Selene Blackwell: ¿Genio estratégico o CEO sin escrúpulos?

Abro el artículo. Una declaración de Selene destaca del resto del texto: «No ofrezco disculpas por comprender lo que el mercado realmente valora. La bondad sin resultados es teatro moral. Yo no hago teatro, produzco transformaciones medibles que redefinen industrias completas.»

Cambio a búsqueda de imágenes. Aparecen docenas de resultados.

Selene en galas. Selene en alfombras rojas. Selene en eventos de la industria. Siempre acompañada: actriz francesa aquí, modelo brasileña allá, ejecutiva cuyo nombre no reconozco, pero que la mira como si acabara de descubrir una nueva clase de religión.

Todas mujeres. Siempre mujeres hermosas.

No es nada sutil.

Continúo scrolleando porque necesito información real sobre quién es Selene Blackwell, no solo su vida social.

The Guardian: Blackwell Global Health enfrenta demanda por muertes en ensayos clínicos no autorizados en Ghana.

Hago clic en el enlace. Fue publicado hace cinco años. Blackwell estableció clínicas «gratuitas» en zonas pobres de Ghana. Les dijeron a los pacientes que recibirían tratamiento médico. En realidad, eran sujetos de prueba para drogas experimentales. Quince personas murieron. Los efectos adversos fueron documentados como «no relacionados con el tratamiento». Los registros hospitalarios originales fueron «extraviados» durante una auditoría. La demanda fue retirada seis meses después sin explicación. Y las familias recibieron dinero a cambio de firmar papeles en blanco... ¿En blanco?

Leo de nuevo, más despacio. Sí, formaron documentos en blanco. Caso cerrado.

Reuters: Investigación federal sobre Blackwell termina sin cargos.

La FDA investigó las acusaciones de Ghana durante ocho meses. Al final concluyeron que no había suficiente evidencia.

New York Times, sección de opinión: La Emperatriz de Big Pharma. Por qué odiamos a Selene Blackwell, pero necesitamos que exista.

Leo cada palabra. Es un artículo devastador que no se guarda nada. Acusa a Blackwell de:

  1. Acelerar aprobaciones mediante influencia política.
  2. Usar poblaciones vulnerables para ensayos riesgosos.
  3. Ocultar efectos secundarios adversos.
  4. Mantener monopolios de patentes cobrando precios que matan pacientes por inaccesibilidad.

Pero también admite:

  1. Han desarrollado tres de los cinco tratamientos oncológicos más efectivos de la década.
  2. Sus científicos publican investigaciones revolucionarias cada trimestre.
  3. Lograron avances significativos en terapias genéticas que otros consideraban demasiado riesgosas.
  4. Redujeron el tiempo de desarrollo de vacunas de años a meses.

El artículo concluye: Selene Blackwell propone un trato: ella cura lo incurable, nosotros no preguntamos cómo. Podemos negarnos y preservar nuestra integridad moral. Pero eso requiere mirar a un paciente moribundo a los ojos y decirle que nuestros escrúpulos éticos son más importantes que su vida.

Continúo investigando porque tengo serios problemas con el autocontrol.

Hay un TED Talk de hace dos años. Selene está en el escenario sin notas, sin teleprompter, sin nada más que ella misma hablando durante cuarenta minutos sobre el futuro de la medicina con una claridad que parece casi sobrenatural. Es hipnótica no por ser carismática en el sentido tradicional, sino porque hace que todo lo que dice parezca inevitable, lógico, correcto.

Descargo el transcript. Necesito leer el discurso sin la influencia de su voz.

«La ética médica es un lujo de gente sana. Cuando estás muriendo, no te importa si el tratamiento siguió diecisiete pasos burocráticos. Te importa despertar mañana. Yo le doy a la gente mañanas. Las reglas que rompí fueron escritas por abogados protegiéndose de demandas, no por doctores salvando pacientes. Llámenme villana si quieren. Mis estadísticas de supervivencia hablan más fuerte que sus juicios morales».

La sección de comentarios es un campo de batalla:

«Por fin alguien que no se anda con hipocresías».

«¿Cómo puede la gente aplaudir esto?»

«Esta mujer es exactamente lo que la medicina necesita».

«Genio sin moral es solo un monstruo eficiente».

Vanity Fair hizo reportaje extenso sobre ella en 2019. La foto principal es de Selene en su penthouse de Manhattan. Noto cada detalle porque mi cerebro está en modo análisis obsesivo. Ventanales de piso a techo que convierten la ciudad en su paisaje personal. Arte moderno en paredes blancas, piezas que probablemente tienen nombres que no puedo pronunciar y precios que no puedo conceptualizar.

La CEO de Blackwell Global Health aparece sentada en un sofá blanco impoluto, con las piernas cruzadas y una copa de vino tinto en la mano. El efecto general es devastador: parece alguien que gobierna el mundo desde la comodidad de su sala.

La describen como «la mujer más fascinante y aterradora de la industria farmacéutica».

Hay una sección sobre su vida personal. O más bien, sobre la ausencia de ella.

«Blackwell es hermética sobre sus relaciones, aunque se le ve con regularidad acompañada por mujeres en eventos de alto perfil. Cuando la prensa aborda el tema, su respuesta no varía: El romance requiere atención que he invertido en otras cosas. Así de simple».

Otra cita más abajo:

«Prefiero relaciones donde el placer no viene con contratos emocionales implícitos».

En español directo: Quiere sexo sin tener que fingir que le importas a la mañana siguiente.

Termino con los artículos y voy a las noticias recientes.

Financial Times, hace tres meses: Blackwell adquiere startup de biotecnología por $800 millones, fundadores acusan tácticas predatorias.

STAT News, hace un mes: Ex-empleados de Blackwell violan NDA para denunciar ambiente laboral tóxico y presión para alterar datos.

Blackwell los demandó. Los ex-empleados se retractaron una semana después. Qué conveniente.

Parpadeo y miro el reloj en la esquina de la pantalla. He estado leyendo durante dos horas.

Bajo el teléfono un segundo para descansar los ojos cuando vibra en mi mano. Número desconocido.

—¿Hola?

—Dra. Reyes, buenas tardes. Soy Claire Huang, de la oficina de la Dra. Blackwell —su voz es profesional hasta el punto de sonar casi robótica—. Llamo para confirmar su asistencia a la cena del viernes.

—Ah. Sí. O sea… ¿Dónde dijo que era?

—Restaurante Pujol en Polanco, para el viernes a las ocho de la noche. Le mando confirmación y dirección exacta a este número. ¿Necesita que envíe un auto a recogerla?

Por supuesto que ofrecen enviar transporte. En su mundo eso es cortesía básica.

—No es necesario. Llegaré por mi cuenta.

—Perfecto. Le envío los detalles por mensaje ahora mismo. La Dra. Blackwell espera conocerla.

Cuelga antes de que pueda responder.

Bajo el teléfono y me quedo mirando la pantalla apagada.

Selene Blackwell. CEO multimillonaria. Genio despiadada. Mujer que aparentemente colecciona amantes como quien colecciona arte. Acusada de todo: corrupción, negligencia criminal, experimentación no ética, pero nunca condenada por nada.

Y leyó mi paper.

Y me invita a cenar al restaurante más caro de la ciudad.

¿Quiero escuchar la propuesta de una CEO sin escrúpulos?

Miro alrededor. Equipo obsoleto. Sin fondos para investigación. Diecisiete rechazos. Cuenta bancaria con ochocientos pesos. Renta que vence en cinco días. Civic con tuberculosis automotriz. Carrera científica desmoronándose.

No es como si tuviera otros planes para el viernes, de todas formas.

Esa noche, en mi apartamento, sigo buscando información y encuentro su entrevista más reciente; habla frente a la cámara sobre el futuro de las terapias genéticas con una postura que transmite control absoluto. El cabello plateado le cae justo debajo de la mandíbula, detallando un rostro de rasgos definidos, pómulos altos y mandíbula angular. Tiene los ojos claros, de un tono entre gris y azul que resulta difícil precisar en la grabación. Lleva un traje negro impecable y no usa joyas más allá de un reloj de acero que refleja la luz cuando gesticula.

Tiene cincuenta y ocho años según Wikipedia, y su rostro muestra cada uno de ellos. Las líneas alrededor de sus ojos, las marcas en la frente, la estructura ósea prominente que la edad ha acentuado en lugar de suavizar.

Durante doce minutos habla sobre el futuro de las terapias genéticas sin consultar una sola nota, sin vacilar ni una vez, construyendo cada argumento con una lógica tan sólida que parece inevitable.

Y el viernes voy a cenar en Pujol con esa mujer.

¡Carajo!

Camino hacia mi closet con una sensación creciente de pánico. Tengo tres vaqueros, blusas de trabajo, una falda que compré hace años para una entrevista de posgrado, una sudadera con el escudo de Ravenclaw. Nada remotamente apropiado para cenar con una multimillonaria.

Podría cancelar ahora mismo, mandar un mensaje diciendo que surgió algo inesperado, que lo lamento mucho, pero no podré asistir. Sería fácil. Mantendría intacta la poca dignidad que me queda y evitaría la humillación inevitable de aparecer en Pujol vestida como estudiante perpetua.

Pero me doy cuenta de que las razones para rechazar esta cena son las mismas razones por las que debería ir. Estoy cansada de la mediocridad. Cansada de rogar por fondos.

Reviso mi cuenta bancaria otra vez. Los mismos ochocientos cuarenta y siete pesos me devuelven la mirada.

Abro mi correo y empiezo a bajar por la lista de rechazos, leyendo cada uno hasta que encuentro el mensaje de Selene: He leído su manuscrito con el tipo de fascinación que rara vez experimento.

Solo es una cena, me digo. Una conversación. Escuchar qué tiene que decir la mujer más poderosa de Big Pharma sobre mi trabajo.

¿Qué puede salir mal?

Son las palabras que la gente dice antes de que todo se vaya directo a la mierda.

Pero las digo de todas formas.