Capítulo 1
Dinastía Morgan
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Cada nacimiento se planeó con dos años de diferencia y cuando las hermanas Morgan tienen que elegir entre el éxito y el amor, prefieren lo primero.
—La propagación de la izquierda populista fue rápida —la voz de Eleanor se impone sin necesidad de elevarse—, como también fue rápida la decepción al constatar los pocos éxitos y los resultados catastróficos que produjo.
La mayor posee un don natural para dar discursos. Sus ojos aceitunados son extremadamente expresivos, hipnóticos incluso, lo cual ha favorecido su carrera política. Eso de cara al electorado, por supuesto. Quienes la conocen de verdad, saben que la senadora Eleanor Morgan es una mujer cruel, calculadora y con una tendencia casi placentera a menospreciar a las personas.
—Guarda eso para cuando aprueben tu candidatura —interrumpe Cristel desde el otro lado de la mesa, reclinándose en su silla.
Puede que su perfil no sea del agrado de muchos; Cristel Morgan es altanera y vanidosa. Pero se trata de una exitosa abogada, famosa por ser la mejor de la ciudad y porque jamás, jamás, ha perdido un solo caso.
—Si es que al menos estás siendo considerada para ello —la provoca Darlenne con una sonrisa torcida.
Darlenne Morgan es una crítica de arte tan polémica como popular. Su estilo audaz y descarado, y sus despiadadas opiniones sobre la belleza, la han convertido en una pesadilla para los artistas modernos y para sus estudiantes en la universidad Crowell. Vive entre lienzos, cigarrillos y botellas de cerveza. Sus lienzos parecen resacas visuales: caóticos, dolorosos, imposibles de ignorar.
—Nos resulta conveniente que así sea —opina Brenda llenando su copa hasta el borde, como si estuviera calculando el volumen exacto de alcohol necesario para tolerar la velada.
Brenda Morgan lleva diez años viviendo con lo que para ella es un infierno: ser la SEGUNDA mejor economista del país. Tiene una personalidad arrogante, su tendencia a ignorar las leyes es legendaria y sus métodos son poco éticos, pero devastadoramente efectivos. Y por supuesto, en el mundo de las finanzas, eso es lo único que importa.
—No tengo nada que esconder —Cristel sonríe, letal—. ¿Y tú, querida?
Le guiña un ojo.
—Esa sí es una conversación interesante —interviene Darlenne—. Continúa. Siempre es entretenido escuchar cuando un abogado miente.
—Tal vez Abby tiene una opinión mejor —la voz de Eleanor se roba la atención nuevamente.
Abigail deja de ver la pantalla de su teléfono. Arquea las cejas, frunce los labios. No tiene idea de por qué su nombre acaba de ser puesto sobre la mesa.
Con treinta y dos años es la menor de las hermanas Morgan y, al igual que ellas, destaca en su profesión. Es reconocida como una médico brillante, con una intuición casi sobrenatural para diagnosticar casos de complejidad absurda. Aunque a menudo es descrita como una mujer carente de simpatía. Y de compasión. Y de cualquier cosa que se parezca remotamente a la calidez humana.
—Cuenta con mi voto —coge el tenedor, probando la cena—. No deberías dudarlo. He sido testigo de tu enorme sacrificio para llegar a la presidencia.
En automático, las cinco voltean hacia Lucas.
La carrera política de Eleanor le exigía tener un esposo respetable, así que se casó con el sujeto más soso que conocía. Eso es Lucas Foster en la vida de las Morgan: un peón. Una pieza decorativa. Un accesorio necesario.
—Eres la mejor opción del partido —garantiza el diputado Foster con la convicción de un hombre que jamás ha tenido una idea propia—. Sandler no tiene ninguna oportunidad.
Eleanor resopla y, por primera vez en la noche, prueba el líquido caoba de su copa, ante las sonrisas déspotas de sus hermanas.
—Yo no soportaría... —bisbisea Abigail.
No es necesario completar la frase. Todas saben lo que sigue: Yo no soportaría un trabajo que me exige caminar al lado de un hombre para ser tomada en serio.
—Llevas semanas dejando morir pacientes frente a tu puerta —le hace ver Eleanor —. El compromiso parece existir fuera de tu estructura semántica.
—¿Es un pecado? —Abigail la mira sin pestañear.
—Eres tan narcisista que el compromiso debe parecerte una enfermedad venérea —colabora Darlenne.
—Es un lastre —responde Abigail con indiferencia—. El compromiso es solo la excusa que la gente usa para controlarte.
—Por eso saltas de un lado a otro como si la estabilidad fuera una enfermedad —le dice Cristel—. No te aburres, Abby. Te da miedo descubrir qué pasa si te quedas el tiempo suficiente para que algo importe de verdad.
—Me da más miedo despertar un día y descubrir que sacrifiqué mi libertad por la ilusión de que algo «importa».
—Eso suena lógico hasta que te das cuenta de que nunca construiste nada —Brenda bebe de su copa—. La libertad sin dirección no es libertad. Es solo movimiento constante sin llegar a ningún lado.
—Construir implica quedarte en un solo lugar el tiempo suficiente para que ese lugar te defina —responde Abigail—. Yo no necesito un edificio con mi nombre para validar mi existencia.
—Quien no construye nada, no deja nada. Y quien no deja nada, nunca estuvo realmente aquí— la voz del patriarca se asemeja mucho a la de su hija mayor.
—Perdiste —Darlenne levanta la copa hacia su hermana—. Salud por eso.
—Me adapto a lo que funciona ahora —Abigail no se inmuta—. Ustedes siguen jugando con reglas del siglo pasado. Yo prefiero vivir en el presente.
Es tradición que el último domingo de cada mes las mujeres Morgan se reúnan en la casona de estilo colonial al final de la avenida Oriente, para cenar con su padre, el ex coronel de la fuerza aérea Zacarías Morgan.
Físicamente se parecen a su progenitor. Rubias, de ojos aceitunados y mandíbulas muy marcadas.
Están solteras, a excepción de Eleanor.
Son las mejores en sus áreas.
Públicamente se les describe como mujeres talentosas e intachables. Un ejemplo a seguir.
Pero, se han preguntado, ¿qué ocurre con las hermanas Morgan cuando nadie ve?