Escribir un libro es como enamorarse en un bar a las tres de la mañana. Al principio, todo parece fácil: la primera idea, la primera frase, ese título brillante que te hace sentir como una genia incomprendida. Pero luego llega el capítulo dos, y ahí empieza el desastre.
Las musas desaparecen, probablemente se han ido a tomar café con alguien más, y tú te quedas sola con un personaje que parece tan interesante como un miércoles en la oficina.
Intentas avanzar, por supuesto. Te dices que mañana serás una autora imparable, que las palabras fluirán. Sin embargo, cuando llega el mañana, te descubres reorganizando el armario o buscando recetas de galletas que sabes que no vas a hornear. Lo que sea menos enfrentarte a la página en blanco.
Es fácil empezar un libro. Es un coqueteo, un flechazo instantáneo. Lo difícil es quedarte, seguir escribiendo cuando la pasión inicial se enfría y lo único que te acompaña son tus propias dudas. Aun así, sigues adelante, porque aunque es difícil, sabes que no hay mejor sensación que la de darle forma a una historia, incluso si te roba unas cuantas horas de sueño y algo de paciencia.