Hay autoras que, cuando llega el momento del diálogo, se transforman. Olvidan que sus personajes son personas y empiezan a escribir como si cada frase fuera parte de un manifiesto político o una premiación internacional. Nadie respira. Nadie duda. Nadie se contradice. Todo es coherente, articulado y solemnemente insoportable.
¿El resultado? Dos mujeres que deberían estar deseándose, mirándose con rabia o mintiéndose por miedo... hablando como si estuvieran inaugurando un puente.
Los diálogos no están para demostrar qué tan bien escribes. Están para mostrar cómo piensan, sienten y se equivocan tus personajes. Porque nadie enamora diciendo frases perfectas. A veces enamora lo que se calla. Lo que se corta a la mitad. Lo que no se debería haber dicho.
En el romance, eso importa más. Porque no todo puede ser tensión sexual con metáforas poéticas. Tiene que haber silencios incómodos, interrupciones, frases que suenan más defensivas que dulces. Eso es lo que hace real el vínculo: la fricción, no la oratoria.
Si cada vez que tus personajes hablan parece que están ensayando para una charla TED, tal vez sea momento de romper el guion. Que una no sepa qué decir. Que la otra se arrepienta al instante. Que haya balbuceos, sarcasmo, o incluso una frase completamente innecesaria que lo arruine todo.
Porque lo que enamora no es la perfección ensayada, sino la voz que se quiebra, la que se pierde en sus propios silencios o la que dice lo equivocado en el momento menos oportuno.
Un personaje que nunca titubea ni pierde el control no es humano, es un muñeco mal diseñado. Y leerlo es tan entretenido como ver pintura secarse.