La sorprendente utilidad de escribir malos poemas

La sorprendente utilidad de escribir malos poemas

Otra vez hablando de escribir
hace 1 semana 2 min de lectura

A veces, lo más productivo que puedes hacer es escribir un poema espantoso. No por el poema en sí, ese se va directo al basurero, sino porque te sirve como contenedor de todo lo que estorba.

Escribes ahí la cursilería que intenta colarse en tu historia: labios que «tiemblan al rozarse», besos que «detienen el tiempo», y todas esas descripciones recicladas que hacen que tu novela suene como una historia escrita en Wattpad por alguien que no sabe la diferencia entre trauma y arco argumental.

Además, escribir mal con intención te devuelve algo que se pierde cuando estás demasiado preocupada por escribir bien: libertad.

En el poema no hay presión de trama, estructura, ni voz narrativa. Nadie espera coherencia. Y en esa falta de expectativas, a veces aparece algo valioso: la imagen que no planeaste, el ritmo que no copiaste, la emoción como pieza central y no como utilería.

No lo vas a publicar. Es un filtro. Un lugar seguro para exagerar, impostar, gritar cosas que en tu novela solo harían ruido.

Porque la escritura también necesita zonas de descarga. Espacios donde puedas ser ridícula a propósito, para no hacerlo sin querer en una escena clave.

A veces hay que dejar que el ridículo se masturbe tranquilo en un poema, antes de que intente cogerse tu historia.

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